-
Mi sobrino me quita la tanga frente a mi novio
Fecha: 07/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Princesa cruel, Fuente: TodoRelatos
... lo que necesitaba. Me mordió suavemente el otro muslo, apenas un pellizco de dolor mezclado con placer, mientras sus manos se movían a mis caderas para sujetarme. El aire fresco volvió a golpear mi clítoris, como un soplo que lo hizo aún más sensible. Y ahí sí, empezó a lamerlo con precisión. El placer fue brutal, inmediato. Un quejido me escapó sin poder frenarlo, y mi espalda se arqueó tanto que el camisón resbaló por mis hombros. —Si querés podés mover la almohada para no hacer tanto ruido… —dijo, casi riendo. —Voy a hacer todo el ruido que quiera —respondí, mirándolo con desafío. No dijo nada más. Se concentró, como siempre. Yo lo cargaba a veces diciéndole que era “una mina”, porque en la cama tenía esa capacidad de entregarse, de dar sin esperar nada a cambio. Y era mucho más sensible que la mayoría de los hombres, y no solo en la cama. Era un sumiso en el mejor sentido. Y a veces eso me parecía adorable, aunque ahora, con Enzo rondando mi cabeza, me parecía hasta patético. Pero igual, el placer estaba ahí, latiendo en mí, y era imposible negarlo. Fabricio empezó a mover la lengua en círculos, jugando con mi clítoris como si lo conociera mejor que yo misma. Los gemidos empezaron a salirme sin filtro. Era imposible que Enzo, en su cuarto, no escuchara. Y, de hecho, quería que lo escuchara. Quería que supiera lo que estaba haciendo mi novio, que sintiera que estaba gozando con él, que no lo necesitaba. Cada vez que Fabricio ...
... exhalaba, el aire mentolado sobre mi clítoris me hacía estremecer. Mis piernas se movían solas, temblando, y mis músculos se tensaban mientras mi pelvis se restregaba contra su cara. Por momentos, apretaba mi clítoris con los labios, succionando con una suavidad deliciosa, y después volvía a lamerlo con firmeza. —Dios… —gemí. Él no respondió, solo metió dos dedos despacio, moviéndolos con delicadeza mientras seguía lamiendo. El orgasmo empezó a crecer desde mis piernas, subiendo como una ola incontrolable. —Ahí, ahí… no pares… —le pedí, con la voz entrecortada. Y no paró. El clímax me golpeó con violencia. Mis muslos se cerraron en torno a su cabeza, atrapándolo sin piedad, y empecé a restregarme en su boca como si quisiera fundirme ahí. Los gemidos, que ya eran fuertes, se volvieron gritos descontrolados. No me importaba nada, no me importaba si Enzo escuchaba. Era mi casa, y yo iba a coger todo lo que quería, e iba a gritar todo lo que se me cantara el culo gritar. Si no le gustaba, que se buscara otra casa. Él era el intruso, y yo… yo la estaba pasando bien con mi novio. No iba a caer de nuevo. No iba a volver a ser esa de antes. Esa puta eterna que caía rendida ante el goce efímero, pero luego quedaba vacía, como una muñeca rota. El orgasmo me hizo ver blanco, como si toda mi entrepierna estallara en una descarga eléctrica. Me quedé jadeando, con las piernas temblorosas, mientras Fabricio seguía lamiendo los restos de mi placer con ...