1. Mi sobrino me quita la tanga frente a mi novio


    Fecha: 07/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Princesa cruel, Fuente: TodoRelatos

    ... de pelo de la cara, acariciándome la mejilla—. Te escuché anoche —comentó, bajando la voz—. Gritaste por mí, ¿no?
    
    —Nosotras no hacemos esas cosas por los hombres, ¿sabés? —dije, intentando sonar firme.
    
    —Claro, claro… —contestó, mirándome con esos ojos que parecían leerme la mente.
    
    Cuando la jarra terminó de hervir, agarré el agua para preparar el té.
    
    Enzo, como si no tuviera límites, se arrimó de nuevo, apoyando las dos manos enormes en mis caderas.
    
    Sentí cómo me rodeaba con su cuerpo gigantesco. Yo, tan chiquita, parecía una muñeca atrapada.
    
    Se inclinó detrás de mí y me dio un beso en el cuello. Su boca estaba caliente, su respiración me erizó toda la piel.
    
    —No hagas eso… —dije en un hilo de voz, pero no me moví.
    
    —Dale, tía… —susurró cerca de mi oreja—. No me digas que no te calienta…
    
    Un escalofrío me recorrió entera.
    
    De repente, el beso suave que me había dado en el cuello se convirtió en un chupón descarado.
    
    Sentí su boca caliente succionándome la piel, su respiración acelerada.
    
    —No me vayas a dejar marcas —le susurré, casi sin voz.
    
    Él se rio bajito, como si disfrutara mi nerviosismo. Después me dio un beso rápido en la mejilla y, sin que pudiera esquivarlo, rozó mis labios con los suyos.
    
    El contacto fue tan breve como eléctrico.
    
    Entonces me mordió la oreja.
    
    Su boca recorrió el lóbulo con una mezcla de juego y deseo, mientras su mano enorme, áspera, se adueñaba de mi culo como si fuera suyo.
    
    —No me gusta tanto que me ...
    ... toquen el culo —le dije, intentando mantener el control—. Prefiero que me toquen las piernas.
    
    Él soltó una risa baja, como si mi comentario le pareciera ridículo.
    
    Pero mientras yo agarraba la azucarera para poner una cucharadita en el té de Fabricio, Enzo hizo lo que quiso: metió la mano por debajo de la pollerita tableada, levantando la tela con un gesto rápido y empezando a acariciarme el interior del muslo.
    
    Un calor instantáneo me subió al rostro.
    
    La sensación de su mano recorriendo mi piel me hizo doblar un poco la espalda, como si mi cuerpo buscara más de ese contacto. El roce de sus dedos, tan certero, tan lento, hizo que la bombacha se me empapara en segundos.
    
    Intenté disimular, revolviendo el azúcar en el té una y otra vez, aunque el corazón me latía tan fuerte que sentía que se iba a notar.
    
    Con la otra mano, como si no le bastara con lo que estaba haciendo, Enzo se dio el lujo de volver a palparme el culo, abarcándolo entero, apretando como si quisiera grabarse su forma.
    
    —Hoy, en la pileta… —susurró cerca de mi oído, con la voz ronca—. Como el primer día que vine. ¿Te acordás?
    
    Me mordí el labio para no gemir, mientras seguía moviendo la cucharita en el té, como si fuera una autómata.
    
    —No sé si voy a tener ganas de nadar —respondí, con una risa nerviosa.
    
    Estaba claro que no hablaba de nadar. Era una invitación directa, descarada, a coger. Y yo, en lugar de frenar, seguía jugando con fuego.
    
    —No seas mala —dijo, apretando un poco más mis ...
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