1. Mi madre es la puta del macarra


    Fecha: 07/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Peter28, Fuente: TodoRelatos

    Mi madre es la puta de un macarra
    
    Entre mareas y silencios
    
    La zapatería de don Ramón era de esas que huelen a cuero húmedo, betún viejo y madera barnizada. Tenía estanterías hasta el techo, un mostrador de mármol blanco, y una campanita en la puerta que sonaba cada vez que alguien entraba con las suelas gastadas o con los dedos rozando el cuero.
    
    Allí trabajaba Pablo, como administrador. Su padre lo había puesto a cargo de los números, del stock, de las cuentas del banco. Pero también vendía, limpiaba vidrieras y reponía mercadería. Era un hombre serio, metódico, de esos que nunca levantan la voz. Tenía 35 años y una vida previsible, sin grandes sobresaltos.
    
    Hasta que una mañana, Isabel entró con una carpeta de plástico celeste, los labios pintados de rojo suave y una sonrisa algo nerviosa.
    
    —Vengo por el aviso de trabajo —dijo.
    
    Don Ramón la hizo pasar al fondo, la entrevistó sin mucho interés y luego la dejó en manos de Pablo.
    
    —Vigilala vos. Si sirve, se queda.
    
    Tenía 17 años recién cumplidos, una voz musical, caribeña, y una manera despreocupada de moverse entre los estantes. En pocos días, Pablo notó que los clientes se quedaban más tiempo mirando los zapatos. Incluso los viejos más hoscos le sonreían. Isabel tenía una cara angelical un pelo negro brillante que danzaba la caminar y un culo de infarto que lo hacía tartamudear.
    
    —¿Cómo sabes tantos detalles si recién empiezas? —le preguntó Pablo un día.
    
    —Mi mamá vendía ropa interior. Yo aprendí a ...
    ... mirar cuerpos.
    
    Él se rió con una mezcla de incomodidad y encanto. Desde entonces, empezó a quedarse más rato en el salón. Le gustaba escucharla hablar con los clientes, o verla agacharse para sacar cajas, con el cabello atado en una trenza suelta y las caderas bien marcadas bajo el pantalón negro del uniforme.
    
    En esos días, el padre de Pablo viajaba cada tanto al terreno que había comprado para construirse una casa. Se iba tres, cuatro días. A veces una semana. Dejaba la zapatería a cargo de su hijo, que a su vez se quedaba solo con Isabel.
    
    Los primeros días fueron de charlas casuales. Luego, las bromas se hicieron más personales. Las miradas se sostenían medio segundo de más. Hasta que una tarde de lluvia, Pablo la invitó a tomar algo después del cierre.
    
    La chica era guapísima
    
    —¿Sabés que no pareces de 17? —le dijo.
    
    —Y vos tampoco pareces de 35. Pareces de 30 si no fruncís tanto el ceño.
    
    Esa noche terminaron en un hotel de las afueras. Fue torpe, rápido, con las sábanas arrugadas y el ventilador girando lento en el techo. Pero también fue honesto. Ella no fingió. Él tampoco. Hubo deseo, sí. Pero también algo más: un vacío compartido que ambos quisieron llenar.
    
    Después de eso, se veían a escondidas. Un café rápido antes del turno, un roce de manos en el depósito. Isabel sabía lo que hacía. Sabía que jugaba con fuego. Pero había crecido en una familia seca, sin halagos ni abrazos, y Pablo la hacía sentirse vista, tocada, deseada.
    
    Hasta que un mes ...
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