1. Mi madre es la puta del macarra


    Fecha: 07/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Peter28, Fuente: TodoRelatos

    ... adorando sus caricias y el adorando su cuerpo.
    
    Pero hace dos años todo cambió. Una noche supo que algo se había quebrado. No por maldad, no por traición. Tal vez por desgaste. Por costumbre. Por rutina.
    
    Y así fue como, sin que nadie gritara, sin que nadie se fuera, la pasión empezó a marchitarse.
    
    Mareas de silencios
    
    – Lo que no se dice
    
    La casa estaba en silencio. Mauricio dormía desde hacía una hora, con los ojos cerrados y la respiración suave. Isabel había dejado la puerta entreabierta, como hacía cuando era un chiquillo, cuando lloraba. Por si soñaba. Por si algo.
    
    Ella se duchó despacio, se secó el cabello frente al espejo y se puso un camisón nuevo, de algodón fino, blanco, con detalles de encaje en el borde. No era provocador. Pero le marcaba las caderas, le insinuaba los pechos, le hacía sentir que aún tenía algo de aquella muchacha que Pablo había deseado en la zapatería.
    
    Se miró un momento. Tenía ojeras, sí. El vientre un poco abultado desde el parto. Pero sus curvas seguían allí, vivas. Isabel ya no tenía, 18 años, pero aún era una mujer que sentía cómo el deseo se le acumulaba en su entrepierna, sin destino.
    
    Apagó la luz del pasillo y se metió en la cama. Pablo salió del baño en bóxers, con la toalla sobre el hombro. Olía a jabón neutro y a humedad de caño viejo. Se echó al lado de ella, sin besarla.
    
    —¿Todo bien? —preguntó.
    
    —Sí.
    
    Ella le tocó el brazo, después le acarició el pecho. Él reaccionó. Pero no llegó del todo, la ...
    ... dejó con ganas, luego los ojos como si el día le pesara más que el cuerpo.
    
    La noche siguiente le dijo
    
    —¿Pablo?
    
    —Mmm.
    
    —Te extraño.
    
    Él abrió los ojos lentamente. Isabel se acercó y lo besó con ternura, con deseo genuino. Le pasó una pierna por encima. Buscó su cintura. Pero al tocarlo, supo.
    
    No hubo respuesta.
    
    Pablo se apartó con una incomodidad que intentó disimular.
    
    —No puedo —murmuró.
    
    —¿Qué?
    
    —No puedo… hoy. Estoy muy tenso.
    
    Ella se quedó en silencio. Retiró la pierna. Se echó de espaldas y miró el techo.
    
    —No es la primera vez.
    
    —Ya pasará. Es el trabajo, Isa. Estoy agotado.
    
    —¿Y yo? —preguntó sin levantar la voz—. ¿No te doy ganas?
    
    Él tardó unos segundos en contestar.
    
    —Claro que sí.
    
    Pero era mentira. Y ella lo supo.
    
    Durante las semanas siguientes, Isabel no volvió a intentarlo. No lo presionó. No le reclamó. Se volvió más callada, más práctica, más distante. Pablo llegaba del trabajo, comía, jugaba la consoló a con Mauri, y se dormía mirando el noticiero.
    
    Ella se sentaba sola en la cocina después de lavarlo todo, bebiendo té frío, pensando.
    
    ¿Tendrá problemas de erección? Era lo que venía detrás: la falta de mirada, de atención, de deseo. Se sentía joven y abandonada. Como una flor cerrada antes de tiempo. Como si su cuerpo ya no tuviera sentido más allá de criar, lavar, cocinar, limpiar.
    
    Una tarde, se cruzó con una vecina que tenía la misma edad, pero con tres hijos y el doble de ojeras.
    
    —¿Y tu marido? —le ...
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