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Martín el camionero y la prostituta de pueblo
Fecha: 24/01/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... hacer punto y me he quedado sin ellas. Martín se quedó quieto, aún encima y dentro de Jessi, sudando con el pecho agitado mientras la chica intentaba esconder la cara entre la funda de su almohada. —¡La madre que me parió…! —murmuró él, saliéndose de la chica con un gruñido y encogiéndose un poco como si el respeto intergeneracional aún tirara lo justo—. No hay quien folle tranquilo en esta casa. La indiscreta octogenaria se detuvo al lado de la cama, observando la escena con una curiosidad puramente técnica, como quien mira una reparación de fontanería. Jessi se quedó quieta debajo de un Martín petrificado. —A lo mejor si seguimos quietos no nos verá… como los putos tiranosaurios —murmuró él entre dientes, sudando y con el rabo cada vez menos firme—. Aunque con las gafas que gasta, igual piensa que soy el perchero y tú una manta eléctrica. —No os cortéis por mí, hijos. A mi edad ya lo he visto todo —anunció la abuela de Jessi—. Y tú sigue, hombre, que se te ve con brío. Pero ten cuidado con la rabadilla de la niña, que la tiene delicada desde que se cayó de la bicicleta. La anciana avanzó con toda la calma, como si estuviera en el banco y no en medio de un cuadro digno de una película subida de tono. Abrió el armario sin prisa, rebuscando entre los cajones. Martín seguía congelado, con la abuela al lado de la cama buscando sus agujas como si aquello fuera lo más normal del mundo. Jessi, aún debajo, no sabía si apartarlo o seguir cubierta. La escena era ...
... tan surrealista que sólo faltaba que entrara un burro a rebuznar. —Oiga, señora —gruñó Martín tras incorporarse hasta quedar sentado en una de las orillas de la cama, con el torso desnudo, las tetillas sudadas y la polla a medio empalmar por culpa de la interrupción—. Que no es por faltar, ¿eh?, pero esto no es un puto Carrefour. Aquí no se entra sin llamar. La vieja le lanzó una mirada entre divertida y ciega. —Carrefour dice... ¡Qué fino nos ha salido el camionero! Anda, sigue dale que te pego, que la nena se queda tonta si no termina. Yo ya me voy, que el hilo no se enhebra solo. Martín, sudado como un cochino en agosto y sin molestarse en cubrirse, la miraba con cara de estar ante una tortuga con artritis. La vieja ni se inmutaba, aunque echaba vistazos de reojo. Lenta, pero muy pendiente. —Va usted servida de curiosidad, ¿eh? —espetó él, en tono socarrón—. Como tarde mucho, le monto una exposición del cuerpo humano. La abuela soltó un “bah” con la boca, medio divertida, hasta que por fin llegó a la puerta y soltó: —Pedazo de rabo, sí señor. Y se fue, tan campante con sus agujas en la mano, dejando tras de sí una estela de incomodidad y de colonia Heno de Pravia. Martín se dejó caer de espaldas en la cama, alucinado. Luego estalló en una carcajada áspera, como si acabara de fumar cristales. Se giró hacia Jessi, aún en la cama, boquiabierta de la vergüenza y la sorpresa. —Menuda familia tienes, niña… Como para dejar el camión aquí aparcado una ...