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Barro y Exoesqueleto
Fecha: 09/02/2026, Categorías: Gays Autor: Noxia, Fuente: TodoRelatos
Barro y Exoesqueleto ... Había silencio, salvo el murmullo del río y el roce sordo de las túnicas sobre la piedra. La sinagoga, sumida en un resplandor de cera temblorosa, olía a pergamino viejo, a aceite quemado, a noche contenida. El rabino estaba solo. Ante él, sobre losas frías, yacía un cuerpo sin alma: barro oscuro, amasado con agua del Moldava y tierra recogida al alba del cementerio judío. Tenía forma humana, pero sin latido. Sin nombre. El rabino recitaba en voz baja. Cada palabra era una chispa invisible. En su aliento pesaba el Tetragrámaton, no como símbolo, sino como herida. En su frente, el sudor dibujaba rutas que solo los ángeles sabrían leer. Tomó el buril de bronce. Trazó letras en la arcilla húmeda: אמת. Verdad. El Golem abrió los ojos. No gritó. No se movió. Solo existió, de golpe, saliendo de una espera de siglos en ese instante. Su mirada era vasta y vacía, la de quien aún no ha aprendido el dolor. El rabino dio un paso atrás. No dijo palabra. Solo lo miró. Tal vez vio en él la forma de una esperanza. Tal vez vio una amenaza. Tal vez —y esto no se sabrá nunca— vio a un hijo. Aferrado a su bastón, el rabino descendió los peldaños de la sinagoga. Afuera, Praga dormía bajo una luna de ceniza. El Golem se quedó solo en la penumbra, respirando por primera vez una noche que no tenía principio. 1 ... Gregor Samsa despertó a las seis, como de costumbre, sin recordar el sueño que lo había empujado fuera del ...
... descanso. El reloj de sobremesa emitía un zumbido ligero, casi desaprobatorio, que parecía marcar el ritmo constante de un mundo que no cambiaba. En la ventana, el día apenas esbozaba su existencia, una sombra grisácea que se filtraba entre las cortinas. La habitación estaba en orden: la lámpara de gas apagada, el escritorio repleto de papeles sin importancia, restos de jornadas ya consumidas. Nada era distinto, salvo el cuerpo. Al principio no lo notó. Se incorporó con esfuerzo —más del habitual—, encorvado, como si la columna no respondiera a la geometría cotidiana que conocía. Se llevó una mano al cuello, sintió una rigidez nueva, una especie de capa invisible que separaba la piel del mundo. La tensión en los músculos era ajena, como si una coraza se hubiese instalado bajo la epidermis. Pensó en la mala postura, en el colchón, en las horas interminables frente a sus documentos. Pero ninguna explicación alcanzaba a calmar esa extrañeza. El espejo ovalado junto al armario devolvió una imagen que no esperaba: él, sí, pero no del todo. El rostro conservaba su forma, aunque los ojos, más oscuros y hundidos, parecían reflejar un abismo interior. La piel del cuello, con un tono parduzco, recordaba al cuero viejo y curtido, áspero al tacto, y en los brazos —¿eran aún brazos?— el vello había desaparecido, reemplazado por placas lisas, opacas, semejantes a fragmentos de porcelana manchada por el tiempo y la distancia. Parpadeó. Se rascó la mejilla con una delicadeza casi ...