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Antonio el camionero se folla a la Jessi (II)
Fecha: 10/02/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... euro les he soltao… Ni propinas, ni hostias —se dijo en voz baja, echando el humo por la nariz—. Y bien follá que se ha quedao la chiquilla. Y la fresca de su madre. Subió a la cabina, se dejó caer en el asiento y arrancó, dejando que el rugido del motor tapase los ecos de la pelea que aún resonaban desde la casa. En el retrovisor, las luces del pueblo se iban quedando atrás, y Antonio sonreía con esa satisfacción plena, mezcla de macho saciado y truhan de carretera. Al fin y al cabo, había conseguido todo por lo que valía la pena vivir: llenar el estómago, vaciar los huevos, montar un buen numerito, y encima… gratis. La nacional estaba vacía, apenas algún vehículo de madrugada cruzando en dirección contraria. Antonio llevaba la ventanilla bajada, dejando que el aire fresco de la madrugada le secara el sudor pegajoso en el cuello y en la entrepierna. El olor a gasolina, tabaco y polvo del camino se mezclaba con otro aroma más dulce y reciente: el coño joven de la Jessi y el maduro de su madre, que aún le impregnaba la nariz y los dedos. Se acomodó en el asiento, soltó una risotada grave y dio otra calada al puro. —Vaya cuadro… ...
... —murmuró para sí—. Cuando se lo cuente al cabrón del Martín me voy a partir la polla de risa. Se lo imaginaba ya, con su cabeza rapada brillándole bajo la luz del bar, echando humo por la nariz y tronchándose a carcajadas: “¡Me cago en la hostia, Antoñito, eres un animal! ¡Eso no lo graban ni en las pelis guarras de los noventa!” Y sólo de pensarlo, al camionero se le escapó otra risa ronca, orgullosa, que llenó la cabina junto con la nube espesa del Cohiba. Le dio un par de golpes al volante, divertido. No había pagado, no había pedido permiso y, por si fuera poco, había plantado una semilla de escándalo que seguiría dando guerra mucho después de que él estuviera a kilómetros de allí. —Algún día vuelvo… —dijo con media sonrisa torcida, imaginando la casa de nuevo, pero esta vez con todos ya sabiendo cómo se las gastaban los camioneros norteños—. Y ese día… se me van a poner en fila. Hasta la vieja catará rabo. Pisó el acelerador, dejando que el motor rugiera en la madrugada. El horizonte negro empezaba a clarear tímidamente, y Antonio, con el cuerpo saciado pero su mente maquinando ya la próxima, sintió que la carretera volvía a ser suya.