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Antonio el camionero se folla a la Jessi (II)
Fecha: 10/02/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
Veinte minutos después, a medio vestir pero ya lavado —aunque aún con algo de olor a lefa seca y a sobaco de camionero—, Antonio se sentó a la mesa con la familia de Jessi como si llevara ahí toda la vida. El salón tenía esa mezcla de comedor y trastero típica de las casas de pueblo, con las paredes llenas de platos decorativos, una tele de tubo encendida con el volumen bajo y una virgen descascarillada vigilando desde una estantería con flores de plástico. La mesa, cubierta con un hule de limones agrietado, estaba bien surtida: tortilla de patatas gorda, con cebolla y el borde tostado, lomo adobado al ajillo que chorreaba grasa, gazpacho en vasos de Nocilla reutilizados y una ensalada de tomate con rábanos que picaban como la madre que los parió. Todo regado con vino tinto peleón. Antonio, con la panza asomando y la camiseta remangada hasta los hombros, se servía más tortilla mientras comentaba la jugada como si hablara del parte meteorológico. —Pues ha entrao como la seda, ¿eh? La chavala se abre que da gusto… —dijo, señalando a Jessi con el tenedor, que masticaba tan tranquila mientras le guiñaba un ojo—. Y eso que uno ya tiene una edad pero vamos, que me ha dejao los huevos como pasas de tanto ordeño. —Eso dicen, sí… que la chiquilla salió echá pa’lante —respondió el padre de Jessi en referencia a su hija—. A la madre se le fue de las manos ya de joven. Le dio un trago largo al vaso, apoyó el culo en la silla y soltó con esa voz cascada de hombre de pueblo ...
... que ya ha visto de todo: —Mira, yo lo que digo siempre… si la niña es tan caliente y tan ligera de cascos, pues que al menos saque perras, coño. Que pa’ ir regalando el coño de gratis ya está la vecina del tercero. Si se lo van a llevar igual, por lo menos que deje algo en casa, ¿no? Lo dijo con un aire resignado, sin levantar apenas la voz, como quien comenta el precio de la uva en la cooperativa. Y sin embargo, había en su gesto una mezcla agria de sorna y orgullo retorcido, como si hasta le pareciera lo más sensato dentro del desbarajuste familiar. Don Ramón, así se llamaba, era un hombre grueso, con una barriga tonelera que se desbordaba por encima del cinturón. La calva le brillaba en la coronilla, rodeada a ambos lados por mechones de pelo castaño grasiento, y un bigote del mismo tono le cubría el labio superior como si intentara darle algo de carácter a un rostro apagado. Se movía con esa actitud apocada y resignada propia de quien llevaba demasiados años sobreviviendo bajo el yugo de un matriarcado doméstico que lo había domado a fuerza de silencios y reproches. Sin embargo, aquellos ojillos pequeños, vivarachos, tenían un brillo turbio de sátiro reprimido, un destello que traicionaba la fachada de hombre sometido. Frente a Antonio, se encogía como un crío delante de su ídolo, mirándole con una mezcla de admiración y envidia, consciente de que aquel putañero representaba la vida que él habría deseado llevar y nunca se atrevió. La madre de Jessi, que ya iba ...