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Dejar el parentesco
Fecha: 25/02/2026, Categorías: Incesto Autor: ventura, Fuente: TodoRelatos
... alguna me he podido desfogar por completo, aunque sin comprometerme a más. Después de estas explicaciones, vuelvo al principio del relato en el que contaba que tenía enfrente la visión de la mujer que alteró mi cuerpo adolescente. No era para menos con ese escote tan provocativo. Habían pasado diez años desde esa vez que la vi con los pechos al descubierto y la encontraba más que encantadora, por no decir deseable. Sus treinta años eran anecdóticos, cualquier mujer más joven que ella, firmaría por estar tan esplendorosa, o quizás eran mis ojos que la veían así. Desde que se casó y creo que hace unos cinco años, no la había vuelto a ver. Se había trasladado a otra ciudad y cuando coincidía con mis padres en casa de mis abuelos, yo no me encontraba. Pues bien, aquí estaba de visita en nuestra ciudad y en compañía de su esposo. Un señor que más bien parecía su padre que su marido. Era sábado, tenía el día libre y momentos antes de que ellos llegasen a nuestra casa, me disponía a salir cuando mi madre me retuvo. ¿Dónde vas? –Me esperan unos compañeros del club para comentar la excursión de mañana. –Pues tendrán que esperar o comentarlo por teléfono. –¿Qué te pasa? ¿Por qué van a tener que esperar? –No me pasa nada, pero quiero que estés aquí cuando venga tu tía Patri y su marido. Era la primera noticia de que íbamos a tener esa visita y maldita la gana que tenía de reuniones familiares. Ya prácticamente tenía olvidado a ese matrimonio y respecto a ...
... mi tía, ya tenía superado el recuerdo de sus pechos y el querer hacerla mi esposa. Así que le contesté a mi madre. –¿Y qué falta hace que esté yo? Ya estáis vosotros para recibirles. –Quieren también verte a ti. Sobre todo tu tía ha insistido que quiere saludarte. No sé el tiempo que hace que no te ha visto. Además, es mi hermana, debes tenerla en consideración y quiero que también nos acompañes comiendo todos juntos. –¡Vaya!, no solo la tengo que saludar, si no que me vas a hacer perder la mañana. ¿Me dejarás marcharme nada más comer? –Después podrás irte donde quieras –respondió mi madre. Y ahí estaba mi esplendorosa tía. Se me pasó el cabreo nada más verla. Volvieron a mí ese recuerdo de haber llegado a admirar esos pechos que en su día los contemplé desnudos. Si impresionado quedé al ver ese precioso relieve que dejaba entrever ese fastuoso escote de su blusa, en el que se perfilaba unos esplendorosos pechos, más sorprendido me quedé cuando se acercó a mí y me propinó un beso en plena boca, para después decirme: –¡Madre mía, que tiarrón estás hecho! Tu madre me ha hablado de ti, pero se ha quedado corta. Mientras mi tía se desvivía en adulaciones, su marido se comportaba como si fuera un convidado de piedra sin apartar su mirada sobre mí. Un hombre, como he dicho, de mediana edad, de complexión gruesa y aparentaba lo que era; un señor industrial al que le iban bien los negocios y que se pudo permitir haberse casado con una mujer como la hermanita de mi ...