1. Dejar el parentesco


    Fecha: 25/02/2026, Categorías: Incesto Autor: ventura, Fuente: TodoRelatos

    ... entiendo mal, sientes haberme incitado a que me entusiasmara contigo y además te arrepientes de que hayamos follado.
    
    Alargó sus manos brindándomelas y no tuve inconveniente en ofrecerle las mías. Me miró fijamente y me dijo:
    
    –Eres el hijo de mi hermana y no debiera decirte esto. Pero siendo sincera, de esto último es de lo que no me arrepiento. A pesar de que te obligué a que solo me follaras, me provocaste un orgasmo que no sé cuanto tiempo hacía que no había tenido.
    
    –¿Qué pasa, tu marido no cumple contigo?
    
    –No me hagas hablar de algo que no quiero.
    
    –¿Y si te digo que me interesa saber que hay entre vosotros?
    
    –¿Para qué quieres saberlo?
    
    Apreté más sus manos que continuaban enlazadas a las mías y le contesté:
    
    –Quiero saberlo, porque yo tampoco me arrepiento de haber follado contigo y a pesar, como dices, que soy el hijo de tu hermana, para mí la mujer que veo frente a mí es como si no existiera parentesco y sí que me produces tal atracción que nunca me ha producido otra mujer.
    
    –¿Qué dices, Raúl…?
    
    –Lo que oyes, mi madre está en lo cierto de que no puedo encontrar ninguna mujer como tú y si no estás supeditada a tu marido, quiero hacerte mía.
    
    –Estás loco.
    
    Sí que estaba loco. Loco por tenerla, por poseerla, por hacerla mía. Me levanté de la silla e hice que ella hiciera lo mismo y mi boca buscó la suya para besarla. Solo llegué a poner los labios en los de ella unos segundos. Se separó de mí y sus ojos me penetraban, mirándome fijamente. No sé ...
    ... que pasó por su cabeza, porque se lanzó hacia mí y abrazándome sus labios buscaron con ansiedad los míos. Era tal el ardor que ella puso en ese beso que no me costó ser participe de él. Puse mis manos en su cabeza para apretarla contra mi rostro y nuestras bocas quedaran prensadas. No pasaba entre nuestros cuerpos ni un alfiler. Podíamos haber permanecido en esa posición horas y horas, a no ser por la necesidad de respirar. Era una respiración intensa, en la que si mi pecho seguía un ritmo acompasado y en Patri ese ritmo se transformaba en algo sublime. La oscilación de sus hermosos pechos era una incitación para poder comérmelos, algo que durante años había anhelado, y no pude resistirme a posar mis manos en ellos. Había sobado algunas tetas que otras, pero éstas se llevaban la palma. Más que tetas, senos o pechos, eran dos preciosidades dignas de ser modeladas.
    
    –Tómalos, mi amor, son para ti –dijo Patri ofreciéndomelos sin ningún pudor.
    
    Los tomé, vaya si los tomé, y tampoco tuve ningún pudor por hacerlos míos, al igual que hice con sus ricos pezones. Me amorré a ellos y me puse a mamar como si fuera un bebé.
    
    Me estaba entrando, o mejor decir tenía, una excitación tremenda y no era menos la que sentía Patri. No tardé en cogerla en brazos, para en un santiamén tenderla en la cama y despojarla de su vestimenta.
    
    ¡Oh, maravilla! No solo eran sus pechos, redondos, turgentes y con los pezones señalándome, como diciéndome: “si quieres más, aquí estamos”; el resto de su ...
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