-
El placer de Lucía y su amante
Fecha: 26/02/2026, Categorías: Hetero Autor: uruguayitamimos, Fuente: CuentoRelatos
... cabello lacio, sus ojos marrones, aquel cuerpo de esa mujer de finales del siglo XX, con sus reminiscencias del Renacimiento, con su cuerpo nunca anoréxico, con sus senos grandes y sus pezones rosados que como focos nublaban su visión y endulzaban su boca hasta hacerlo adicto a su sabor. Con su piel blanquísima por su obstinación a no tomar sol. Aquel pubis que lograba enloquecerlo de placer. La detallaba con un fervor que nunca admitiría, a aquella mujer que lo hacía vibrar. La boca de Lucía que lo conducía al paraíso, la vagina que lo hacía temblar, la manera en que se excitaba y se entregaba cuando hacían el amor. Pero jamás lo admitiría, eso era demasiado para su ego. Se recostaron en la cama, Lucía de espaldas y él se apoyó levemente sobre ella. Al hacerlo su pene presionó su pubis, su vientre y el la besó por todo su cuerpo. Subió desde su vientre a sus senos, discurriendo sus manos hacia sus flancos. Mordía sus pezones muy suavemente, los besaba, presionaba más su pubis sobre ella, acariciaba su cabello, la besaba nuevamente. La cama nuevamente era testigo de su pasión, de aquellos cuerpos desnudos buscando el límite del placer. Lucía se dejaba acariciar y con sus dedos rozaba su piel, lentamente hacia abajo y arriba como si el cuerpo de José estuviera formado por cuerdas de guitarra. Solo que este juego causaba que la boca de José exhalara gemidos, jadeos. Que si fueran capaces de formar palabras dirían No pares de acariciarme así. José descendió por el ...
... pubis de Lucía y con sus dedos hábiles y sedientos de Lucía buscaron en su vagina. Encontraron sus labios húmedos y al adentrarse la humedad se convirtió en un hilo de jugos que emergían de su inmensidad. El clítoris redondo, abultado señalando la entrada a su vagina. Rosado y húmedo. Los bebió, los saboreó, le expresó lo dulces que estaban, utilizó su lengua como un pequeño latiguillo que arremetió contra el clítoris. Recorrió vehementemente su periné, la cara interna de sus labios, deslizo sus dedos hasta su ano en un rápido movimiento y volvió a su vagina. Le susurró al oído: —Estás tan tibia en tu interior que me dan ganas de meterme y quedarme a vivir dentro de ti. Podría alimentarme de los jugos que manan de ti. Lucía se sonrojó sabiendo que podría vivir de sus caricias, y sus besos. José mordisqueaba, besaba, acariciaba su vagina, su Monte de Venus labios mayores y menores, su cola, sus manos. Se apoderó de su vagina como el ebrio de su botella, deleitándose, queriendo aprovechar hasta la última gota casi desconociendo la evidente consecuencia de sus caricias. Utilizó sus dedos como penes inexistentes que se adentraban en Lucía, siguiendo su intento natural de buscar sus paredes internas, sus detalles, sus pliegues, aquellos que conocía de las innumerables travesías que habían vivido juntos, que le permitían cartografiarla tal como si los viera. Al salir lo hacían cubiertos de aquellos jugos de los que se apoderaba tal como el oso hormiguero al salir cubierto de ...