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La chica del tren
Fecha: 01/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Gabriel B, Fuente: CuentoRelatos
... que solo se veían paredes oscuras. Así que ya no nos molestamos en no mirarla por más tiempo del debido; al contrario, todos los ojos se clavaron en ella. Yo la miré, arriba abajo, deleitándome con su perfección. Llevaba un zapato negro de tacos altos. Las piernas parecían interminables, pues no solo eran largas, sino que su corto atuendo resaltaba esa cualidad, haciendo que parecieran aún más extensas. Eran unas piernas torneadas y ejercitadas, aunque no de manera exagerada. Supuse que se mantenía en forma, aunque no tanto por ir al gimnasio, sino más bien por correr. El vestidito comenzaba en la parte más alta de sus muslos. La tela se ajustaba a ellos, como así también a sus carnosas nalgas. Bastaría con levantarla unos centímetros para poder acceder a ese exuberante cuerpo. Yo me encontraba en una posición más complicada que la mayoría de mis secuaces, ya que mi asiento estaba alineado con el lugar en donde ella se encontraba parada, agarrada de una travesaño plateado. Así que me veía obligado a torcer el cuello para observarla. Pero esa posición también tenía sus beneficios, pues accedía a su figura de perfil, por lo que no solo podía escrutar su parte trasera, sino que también el frente. Su rostro era precioso, de pómulos marcados, nariz pequeña y respingona. Las tetas no eran enormes, pero tenían un tamaño considerable y que, debido a lo ajustado que era el vestido, los hacían resaltar. Estaban firmes, y sobresalían de su esbelta silueta. La chica cambió el ...
... peso de su cuerpo a la otra pierna. Ahora parecía algo incómoda, pero ninguno de los hombres del vagón iba a tener una actitud caballerosa esa noche. No sé exactamente cuál fue el motivo por el que se selló esa complicidad tácita entre nosotros. En esta época era raro que sucedieran estas cosas. Quizás la impunidad que creíamos tener nos daba alas para sacar la parte más machista y retrógrada de nosotros. Alguno podría decir que en realidad no estábamos haciendo nada malo. Pero lo cierto es que la estábamos acosando. Y ahora que ella parecía ya incapaz de ignorar la lascivia creciente que había en ese reducido espacio, no nos compadecimos con ella. Por fin el tren se detuvo en la estación terminal. La mujer ya estaba cerca de la puerta, pero ahora se colocó frente a ella, ansiosa por salir de ese lugar. Imaginé que esa noche le contaría a sus amigas, o quizás a su pareja, la anécdota: un grupo de depravados desnudándola con la mirada. Se quejaría del patriarcado, de lo retrasada que estaba aún la sociedad, de las cosas que ya no deberían tolerarse. Pero ahora parecía una cachorrita asustada, rodeada de un montón de perros callejeros, mucho más corpulentos que ella, que solo pensaban en aparearse con esa criatura angelical que milagrosamente se había cruzado en sus monótonas vidas. El tren empezó a perder velocidad. Todos nos dirigimos a la puerta en donde estaba ella. Algunos teníamos la excusa de que esa puerta era la más cercana, pero otros se habían acercado a ella con ...