1. La chica del tren


    Fecha: 01/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Gabriel B, Fuente: CuentoRelatos

    ... el único fin de tenerla cerca.
    
    Sentí el olor de su perfume. Noté que tenía los dientes apretados. Parecía asustada. Y también me di cuenta de que era más pequeña de lo que me había parecido. Le sacaba casi una cabeza. Los hombres se amontonaron a su espalda. El tren frenó con cierta brusquedad. Entonces hubo una sacudida en el vagón. Algunos de los tipos habían terminado pegados a ella, supuestamente debido a la inercia del movimiento. Pero como era de esperar, uno de ellos se había apoyado en ella de manera obscena. Se trataba del gordito pelón. Su pelvis se apretaba con el goloso trasero de la chica. Ella se mostró horrorizada, pero no dijo nada, quizás intuyendo que si se quejaba, el otro simplemente le diría que había sido sin querer.
    
    Así que se limitó a intentar abrir la puerta, pues había tenido la mala suerte de tomar la única línea de subtes que no tenía puertas automáticas. Pero el nerviosismo le jugó en contra. Cuando intentó hacerlo, con ese extraño picaporte que hacía un movimiento semicircular, corrió la puerta antes de lo debido, y esta se abrió apenas unos centímetros.
    
    Escuché que la chica suspiraba, exasperada. Entonces el hombre pelado se apretó más a ella, extendió la mano y la llevó hasta el picaporte.
    
    —Permitime linda, yo te ayudo.
    
    El resto lo miramos con profunda admiración. Todos teníamos ganas de pasar de la mera observación a intentar un contacto físico. La chica aún no atinaba a decir nada, a pesar de que ahora era obvio que la ...
    ... estaban apoyando con intenciones sexuales. Pero la pobre estaba atrapada entre el montón de hombres que se encontraban a su espalda, y esa puerta que no terminaba de abrirse. El gordito pelón fingió que le costaba abrirla, cosa que le sirvió para restregar la verga en el orto de su inocente presa con total impunidad. Ella se alejó de él, poniéndose ahora a un costado, frente a mí.
    
    Parecía que esa perversa aventura colectiva había llegado a su final, pero la osadía del gordo, y el silencio impotente de la chica, me habían envenenado el alma lo suficiente como para decidirme a pasar el límite. Llevé mi mano directo a su trasero. Primero lo acaricié con suavidad, casi como si estuviera intentado que no notara que la estaba tocando. Pero no tardé en hacerlo con más intensidad. La calentura era inmensa y el tiempo apremiaba. Ella giró para mirarme. Parecía furiosa, como si con esa mirada me ordenara que retirara inmediatamente mi mano de su culo. Pero pudo sostener esa mirada apenas unos instantes. Enseguida de desarmó, para dar paso a una expresión de súplica. Me estaba rogando que dejara de molestarla, aunque no decía ni una palabra. Parecía que estaba a punto de largarse a llorar. Pero en lugar de liberarla de mi mano invasora, simplemente apreté la nalga con mayor violencia.
    
    Todo había ocurrido en apenas algunos segundos. Por fin la puerta se abrió. Retiré, con mucha dificultad, mis dedos de ese perfecto glúteo. A mis veinte años jamás había acariciado algo tan hermoso, tan ...
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