1. La chica del tren


    Fecha: 01/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Gabriel B, Fuente: CuentoRelatos

    ... impotencia de ella, incapaz de defenderse de tantos machos alzados; su sumisión, probablemente producto del miedo; el peculiar contexto en el que me encontraba, con una hermosa mujer a merced de la lascivia de tantos extraños. Y finalmente aquel gordito pelado, que se había animado a restregar su verga en el respingón trasero de mi cuñada. Todo eso junto me había motivado a hacer algo que en cualquier otra circunstancia no hubiera hecho. Todo eso y su silencio, su inmovilidad, su aspecto de animalito acorralado.
    
    De solo pensar en eso me ponía la pija como una roca. Se suponía que meditaba sobre el asunto para recapacitar y mejorar como hombre. Pero lo único que lograba era calentarme tanto que necesitaba urgentemente hacerme una paja, recordando la preciosa sensación de mis dedos hundiéndose en su orto, e imaginando cuántas cosas podría hacerle.
    
    ¿Por qué no había hecho nada? Me encontré haciéndome esa pregunta en incontables ocasiones. Quizás simplemente no supo cómo reaccionar, y por eso solo atinó a marcharse rápidamente, como quien huye de un animal salvaje que lo persigue para comérselo. Pero me llamaba la atención el tema de su edad. Ahora sabía que contaba con veintiocho años. Ya tenía una edad suficiente con la que se habría enfrentado a esas situaciones muchas veces. ¿No había aprendido cómo reaccionar? Una teoría morbosa apareció en mi mente: quizás ella sentía cierta excitación en esos momentos. A lo mejor andaba provocando a tipos desconocidos para que ...
    ... sacaran las garras. Después de todo, si todos nos habíamos animado a rodearla y acosarla, había sido porque ella nos había provocado silenciosamente. De pronto, una duda que me había seguido desde ese día encontró por fin una respuesta. Nunca había entendido cómo era que todos los hombres presentes habíamos actuado de la misma manera. Y la respuesta era simple: habíamos hecho exactamente lo que ella esperaba que hiciéramos.
    
    Pensar en esto también hacía que, de un momento a otro, tuviera una potentísima erección. No había caso. Lejos de recapacitar sobre mis actitudes, lo único que lograba cuando me ensimismaba en los recuerdos y en las fantasías, era que mi deseo por mi cuñada se convirtiera en una peligrosa obsesión.
    
    Llegó el día que había previsto que llegaría, pues era obvio: el día en que volvería a ver a Jesica. El nerviosismo me embargó. Pero lo bueno era que después de ese encuentro terminaría por confirmar que mi crimen había quedado impune. Así que necesitaba verla.
    
    Sergio me había pedido que lo ayudara a pintar la casa, pues había decidido cambiar el color de las paredes. Mi hermano mayor no era de molestarme pidiéndome cosas como si mi haraganería le molestara. Pero una de las pocas cosas en las que yo era hábil era en la pintura. Así que fui a su departamento, sabiendo que Jesica estaría ahí.
    
    Pero lo que me encontré fue mejor de lo que esperaba. Porque ella estaba sola.
    
    —Sergio fue a comprar cinco litros más de pintura —musitó.
    
    Mi cuñada se había ...
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