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La joya y su reina
Fecha: 12/03/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: LIDIA, Fuente: TodoRelatos
... que le pedía, sin palabras, que mandara. Ander, como muchos jóvenes de su generación, seguía viviendo en casa de sus padres. Su sueldo —modesto, estable pero insuficiente— no le permitía cubrir un alquiler por su cuenta. Cuando Mónica, tras unos meses de salir juntos, le propuso que se mudara a su casa, él aceptó con naturalidad. No discutió. No planteó condiciones. Solo dijo que sí. Ella no lo había hecho por impulso. Era práctica. Tenía espacio de sobra, ganaba un sueldo elevado como directiva en una multinacional, y su vida ya estaba organizada hasta en los pequeños detalles. Vivir con él no era solo compartir: era empezar a moldear la rutina, a observarlo de cerca. A tenerlo bajo su órbita. Durante los meses de noviazgo, Mónica fue descubriendo lo que intuía desde el principio: Ander era lo que muchas veces se llamaba —con crueldad o precisión, según quién hablara— un beta. No era inseguro, ni torpe, ni patético. Era simplemente pasivo. En la cama, su iniciativa era escasa, su entrega total. A veces conseguía tener erecciones firmes, pero apenas lo hacía, acababa demasiado pronto, como si su cuerpo no supiera sostener el deseo. A otras les habría frustrado. A Mónica, no. Porque, por primera vez, podía ser completamente dominante desde el primer momento. No como juego, no como pose. Sino como posición real. Fue ella quien le desnudó la primera noche, quien se montó sobre él, quien marcó el ritmo. Y fue también quien le susurró al oído cuando vio que él se corría antes ...
... de tiempo: "No pasa nada... así estás bien." Y él, lejos de disculparse, la miró con esa mezcla de alivio y adoración que empezaba a gustarle más que cualquier polvo con hombres que se creían dioses. 2 Mónica había salido del trabajo a las dos, sin avisar. No tenía reuniones, no tenía ganas de seguir delante del portátil, y pensó en sorprender a Ander con algo para comer. Desde que lo despidieron una semana atrás, él se había ofrecido a encargarse de la casa. Lo hacía con gusto, sin que ella tuviera que pedírselo dos veces. Eso le gustaba: un hombre tranquilo, disponible, sin resistencias. Le estaba empezando a gustar mucho. Subió en silencio, abrió la puerta con cuidado. No esperaba encontrar nada raro. Solo a él, quizás en pijama, recogiendo algo. Pero escuchó música. No era música en sí. Era él tarareando una melodía tonta, como quien limpia y se entretiene. Se acercó al dormitorio y empujó la puerta con suavidad. Y lo vio. Ander estaba haciendo la cama. Vestía unas pantimedias rojas que le apretaban las piernas como una segunda piel. Llevaba una camiseta de licra semitransparente, con detalles de encaje en el borde, demasiado ceñida, demasiado femenina. Y zapatos de tacón. Caminaba torpemente con ellos, pero sin miedo. Estaba completamente metido en eso. Concentrado. Ajeno. Mónica se quedó paralizada. No lo había visto venir. En absoluto. Él se giró de pronto y la vio. El silencio se hizo denso. Ander palideció. Abrió la boca, pero no salieron palabras. Las manos ...