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Nosotras, hijas del fuego
Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos
Las Albas, otoño de 1912 El carruaje se detuvo frente a los portones de hierro, donde dos estatuas de grifos custodiaban el umbral. El mar, invisible pero presente, se hacía sentir en el aire salino y en la humedad que trepaba por los muros de piedra gris. Las Albas no era un colegio: era una institución. Un santuario para las hijas del linaje, donde se aprendía a hablar sin decir, a mirar sin mostrar. Annabelle bajó con cuidado. Su abrigo era modesto, su maleta de tela gastada. Las demás llegaban escoltadas por cocheros, con baúles que olían a París y Londres. Ella había trabajado tres años como institutriz, dos como ayudante de biblioteca, y uno como mecanógrafa para costear su ingreso. Solo la directora y dos profesores lo sabían. Y ninguno debía mencionarlo. La directora, Lady Marigold, la recibió con una mirada que no juzgaba, pero sí pesaba. —Señorita Annabelle, en Las Albas no se pregunta de dónde viene una joven. Solo se observa cómo camina. Y luego, más bajo: —Aquí, la verdad se lleva como un broche oculto. No se muestra, pero sostiene. A la joven se le asignó una habitación austera que no debía compartir con nadie: la torre del observatorio. Desempacó sus libros, la mayoría tratados prohibidos que hablaban de la emancipación femenina, del amor entre mujeres, y un gran libro llamado "Las mil y una noches", ya algo gastado de tanto leerlo. La habitación de Annabelle no tenía cortinas por el momento, solo vitrales altos que dejaban entrar la ...
... luz gris del mar y el canto lejano de las gaviotas. Las demás alumnas compartían dormitorios con camas talladas, tapices florales y chimeneas encendidas. A ella le tocó la torre: una espiral de piedra que ascendía hasta el cielo, con una cama de hierro, un escritorio desnudo y una estufa que apenas susurraba calor. —Es por recomendación de la directora —dijo la institutriz, sin mirarla a los ojos—. Aquí podrá concentrarse. Annabelle no preguntó. Sabía que el aislamiento era una forma de protección... o de castigo. Desempacó con cuidado: primero los libros envueltos en tela, luego las libretas con anotaciones en tinta sepia. Entre ellos, un ejemplar gastado de "Las mil y una noches", con márgenes llenos de subrayados y dibujos hechos a mano. Lo había leído tantas veces que algunas páginas ya no se sostenían por el lomo, sino por la memoria. Los otros títulos estaban prohibidos en el internado: tratados franceses sobre la emancipación femenina, ensayos sobre el amor entre mujeres, poemas que hablaban de cuerpos sin culpa. Los había conseguido en librerías ocultas, en sótanos de Edimburgo, en cartas que nunca firmó. Cada uno era una llama que guardaba bajo llave. Esa noche, mientras las demás dormían entre sábanas bordadas, Annabelle encendió una vela y abrió el libro por una página marcada con una flor seca. Leía en voz alta, no por costumbre, sino por necesidad: como si al pronunciar las palabras, pudiera invocar un mundo donde las mujeres hablaban sin miedo, amaban ...