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Nosotras, hijas del fuego
Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos
... sin permiso, vivían sin castigo. Sherezade hablaba. Y ella escuchaba. —"...y la princesa, al descubrir que su doncella no era sino la hija del visir disfrazada, la besó en la frente y dijo: 'Ahora sé que el amor no se oculta, sino que se transforma'..." Del otro lado de la puerta, una muchacha se detuvo. Había subido por curiosidad, siguiendo el resplandor de la vela que se filtraba por las rendijas. No sabía quién hablaba, pero la voz la atrapó. Se apoyó en la madera, conteniendo la respiración. Cada palabra parecía dirigida a ella, aunque sabía que no debía estar allí. El corazón le latía como si hubiese robado algo sagrado. Dentro, Annabelle giró una página con cuidado, sin saber que alguien la escuchaba. Su voz bajó, se hizo más íntima, como si hablara a una sola persona. —"...y entonces, la luna se inclinó sobre el jardín y dijo: 'No temas ser vista. El deseo es también una forma de luz.'" La muchacha tras la puerta cerró los ojos. No entendía del todo lo que escuchaba, pero algo dentro de ella se abría, como una flor nocturna que sólo despierta cuando nadie la mira. Annabelle despertaba cuando el cielo aún era azul oscuro, antes de que las campanas del internado marcaran el inicio del día. Se movía con precisión, como si cada paso estuviera ensayado: tomar la toalla, el frasco de jabón de lavanda, las vendas cuidadosamente dobladas en el cajón de su escritorio. La torre estaba en silencio. Solo el crujido de la madera bajo sus pies la ...
... acompañaba mientras descendía por la escalera en espiral. El baño común quedaba al fondo del pasillo, aún vacío, aún suyo. Frente al espejo, se desnudaba con lentitud. No por vanidad, sino por respeto. Su cuerpo, generoso en formas, había sido motivo de miradas incómodas, susurros entre alumnas, correcciones veladas por parte de las institutrices. Ella había aprendido a esconderlo, no por vergüenza, sino por estrategia. Las vendas eran suaves, pero firmes. Las colocaba con destreza, envolviendo su busto hasta que la silueta se volvía neutra, casi invisible. Luego se vestía con el uniforme reglamentario, ajustado con discreción. Antes de salir, se detenía un instante frente al espejo. No para contemplarse, sino para asegurarse de que nada en ella pudiera ser leído como exceso. Como desvío. Como deseo. Y entonces, volvía a la torre. Cuando las demás despertaban, ella ya estaba sentada junto a la ventana, leyendo a Sherezade, como si su cuerpo no tuviera historia. El gran salón olía a pan recién horneado, a té de jazmín y a la rutina bien aceitada de las mañanas en el internado. Las alumnas ya estaban sentadas, cuchicheando entre sorbos, cuando Annabelle cruzó el umbral. No hizo ruido. No lo necesitaba. Su cabello rojo, largo y ondulado, caía como una cortina de fuego sobre los hombros. La luz de las ventanas lo encendía aún más, como si el sol la reconociera. Su tez blanca, salpicada de pecas apenas visibles, parecía esculpida para contrastar con el uniforme gris. ...