-
Nosotras, hijas del fuego
Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos
... Caminaba con una elegancia que no era aprendida, sino innata: delgada, de piernas largas, con un porte que no pedía permiso. Los ojos turquesa, imposibles de ignorar, no buscaban atención. Pero la atención la seguía, como si el salón entero se inclinara hacia ella. Las cucharas se detuvieron. Las conversaciones se diluyeron. Algunas alumnas la miraban con admiración, otras con incomodidad, y unas pocas con algo que aún no sabían nombrar. Annabelle tomó asiento en una mesa vacía, desplegando su servilleta con calma. No miró a nadie. Pero todas la miraban. El tintineo comenzó como un susurro de cristal, pero pronto se volvió firme, casi ritual. La cuchara golpeaba la copa con precisión, marcando el instante en que el salón debía contener el aliento. La directora, erguida junto al atril, aguardaba el silencio como quien invoca una pausa sagrada. Las alumnas dejaron sus cubiertos. Algunas se alisaron el uniforme, otras se cruzaron de brazos, y unas pocas —las más sensibles al cambio— giraron discretamente hacia la recién llegada. —Señoritas —dijo la directora, con una voz que no admitía réplica—. Hoy damos la bienvenida a una nueva integrante de nuestro internado. Su nombre es Annabelle Dorinta. El apellido cayó como una piedra en el estanque. Dorinta. Algunas lo reconocieron por su sonoridad extranjera, otras por lo que insinuaba sin decir. Un murmullo recorrió las mesas, no de burla, sino de inquietud. —La señorita Dorinta ocupará la torre del ...
... observatorio —continuó la directora—. Ha sido admitida por recomendación especial, y confiamos en que mantendrá el decoro y la excelencia que esta institución exige. No hubo aplausos. Solo miradas. Algunas de respeto, otras de recelo. Y una, desde la mesa junto al ventanal, que no era ni lo uno ni lo otro: era pura atención, como si el nombre hubiera encendido algo que dormía. Annabelle se levantó con calma. No hizo reverencia. No sonrió. Solo inclinó la cabeza con una elegancia que parecía heredada de otra época. Luego volvió a sentarse, retomando su desayuno como si nada hubiera ocurrido. Pero el salón ya no era el mismo. Dorinta había sido pronunciado. Y algo, en todas ellas, comenzaba a moverse. El comedor, hasta entonces ordenado y ceremonioso, comenzó a vibrar con un murmullo que se esparcía como bruma inquieta. Primero fueron susurros entre cucharas y servilletas, luego miradas que se cruzaban como chispas. En la mesa de las alumnas mayores, una voz clara —la de Isolde, la más culta, la que hablaba cinco idiomas y corregía a las profesoras en latín— se alzó apenas por encima del ruido: —Dorinta... es deseo en rumano. El silencio que siguió no fue absoluto, sino expectante. Como si el aire mismo se hubiese detenido para escuchar cómo esa palabra se deslizaba entre las mesas, encendiendo pensamientos que nadie se atrevía a nombrar. El significado corrió como pólvora: de boca en boca, de gesto en gesto, hasta que todas sabían. Y todas miraban. Pero Annabelle no ...