1. ¿qué me has hecho tú? (ii)


    Fecha: 17/03/2026, Categorías: Erotismo y Amor Autor: Enelmedio, Fuente: TodoRelatos

    ... todavía.
    
    Follamos de todas las formas imaginables, con furia, con rabia, con desesperación. Rompimos la cama y continuamos en el suelo. Nos mordimos, nos arañamos, nos devoramos.
    
    Ya con mi cuerpo lleno de magulladuras y mi polla literalmente en carne viva ella me retó a echarle otro polvo más, y yo la tumbé boca arriba y lamí su almeja inflamada y pringosa con devoción, entré en su vagina lentamente, deleitándome con la caricia húmeda de cada centímetro de su carne en la mía, le hice el amor sosteniendo su mirada, apretándome contra la carne cálida y dúctil de sus enormes senos, sintiendo en mi cara el calor de su aliento...no sé el tiempo que estuvimos así, cara a cara, nuestros cuerpos unidos en una comunión carnal en la que sentí, quizás por el amor o quizás porque la deshidratación y el ron me hacían alucinar, que me diluía en ella, que dejaba de ser yo para fundirme con ella en otra entidad distinta a los dos, no sé...me sentía feliz, dolorosamente feliz, y cuando noté que iba a correrme busqué de nuevo sus labios con los míos y al encontrarlos cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación extraña y fascinante de estar fundiéndome con ella en cuerpo y alma mientras sentía la tierna dulzura de sus besos y los latidos agónicos de mi pene dentro de su vagina empapada y palpitante.
    
    No conozco palabras que sirvan para explicar la sensación que me embargó al abrir los ojos y ver su rostro acalorado, su sonrisa, la profundidad de sus ojos llenos de amor.
    
    Quise ...
    ... decir algo entonces, pero no supe qué, así que la cogí de las manos y para ahogar en mi garganta un “te quiero” que pudiese complicar aún más las cosas posé un beso leve, delicado, en su cuello y apoyé mi cara en su hombro.
    
    Estuvimos un rato así. Yo podía contar los latidos de su corazón, que el temblor de su carne transmitía a mi piel como una melodía extraña y embriagadora. Fuera de aquella cama, en ese preciso instante, no existía nada. Nada, al menos, que me importase entonces lo más mínimo.
    
    Nos mirábamos embobados, sin decir nada, las manos entrelazadas, sintiendo el alivio relativo del ventilador en el calor asfixiante de la tarde, espiando la sonrisa del otro con esa mezcla de timidez y audacia que recordaba a los primeros amores de la adolescencia, como dos idiotas, mirándonos a los ojos mientras respirábamos al compás y nos acariciábamos levemente la cara el uno al otro.
    
    “Mi blanquín”, me susurraba ella. “Mi negra”, le susurraba yo. Y sonreíamos como si aquel juego tonto fuera un conjuro capaz de evitar que aquel momento terminase…
    
    Pero terminó, claro.
    
    No me atreví a pedirle que se quedase, ni ella a ofrecerme que la acompañara. Me pidió que me quedase a dormir, pero sabía que si lo hacía la despedida al día siguiente sería más de lo que mi corazón podría soportar, así que me fui, sin más, con su sabor en los labios y una piedra en el pecho, con paso firme, resistiendo la tentación de mirar atrás para saber si me miraba desde la ventana, ocultando mi ...
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