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Mi vida en un club de alterne III
Fecha: 20/03/2026, Categorías: Hetero Autor: Libelula, Fuente: TodoRelatos
Aquel día era sábado. Dos semanas habían transcurrido desde aquella noche en Las Sirenas, un torbellino de carne, sudor y humillación que aún me desgarraba las entrañas como un cuchillo oxidado. El recuerdo de Diego exhibiéndome como su puta de lujo, de Julián, ese cerdo corrupto exigiendo mi lengua en su culo mientras Gladys me miraba con el alma destrozada, era una herida que supuraba sin cesar. Pero más cruel, más insoportable, era la imagen de mi amor brasileño, sus labios susurrando “te amo” mientras nos corríamos juntas, nuestras lenguas enredadas en un acto que nos pertenecía, aunque esos cabrones creyeran comprarlo con quinientos euros. —Joder, Gladys, eres mi salvación y mi maldita condena— pensé, con el corazón latiendo al ritmo de su nombre. Hace un mes, Diego era solo un cliente más, un viejo con la cartera gorda y la polla ansiosa, pero ahora su obsesión por convertirme en su trofeo, una esclava sexual para presumir ante amigos y familia, me tenía atrapada en una tela de araña que yo misma ayudaba a tejer. El móvil vibró sobre la mesita, un trasto arañado que apenas sobrevivía, igual que yo. Era Diego, con su voz rasposa que apestaba a whisky y puros incluso por el altavoz, un gruñido que me erizó la piel. “Margot, mi rumanita, ponte guapa.” ordenó, con un tono que mezclaba deseo y autoridad, como si ya me poseyera. “Hoy vienes a comer a casa de mi hermana Marisa. Quiero que te conozcan, que sepan quién será mi reina. Vístete elegante, no vengas de putón, ...
... pero que se te marque todo, que vean lo buena que estás, ¿me pillas?” Fruncí el ceño frente al espejo, mis ojos azules endurecidos por años de sobrevivir en cloacas como esta. —Este cabrón ya me ve como su muñeca, una zorra para exhibir en su vitrina— la idea me revolvió el estómago, pero mi ambición era más fuerte. “Diego, no soy tu novia para ir de comida familiar,” repliqué, con un filo en la voz que sabía que lo excitaba, un desafío que alimentaba su ego. “¿Qué saco yo de esto? Porque no me muevo por caricias ni promesas vacías.” Se rió, un sonido gutural que resonó como un trueno. “Sacas mi confianza, puta,” gruñó, con una satisfacción que me hizo apretar los dientes. “Si te portas bien, ese piso con vistas a la sierra, la pasta para gastar, la vida que te prometí, está más cerca. Pero primero, tienes que encajar, cielo. Te paso a buscar en una hora.” Colgué, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, los dedos temblando al dejar el móvil. —Una prueba, eso es lo que quiere. Ver si soy digna de su jaula de oro, el hijo de puta— me dije a mi misma. Estaba en mi habitación, un antro miserable donde las paredes desconchadas exudaban humedad, dibujando mapas de un mundo que nunca conocería. El olor a moho impregnaba el aire, mezclado con el perfume caro de vainilla que usaba para disfrazar mi miseria. Una lámpara de mercadillo parpadeaba, proyectando sombras que parecían burlarse de mí en el espejo rajado, donde me pintaba los labios con un rojo tan vivo que ...