1. Mi vida en un club de alterne III


    Fecha: 20/03/2026, Categorías: Hetero Autor: Libelula, Fuente: TodoRelatos

    ... fachada, de un blanco desvaído, mostraba desconchones como cicatrices. Una lámpara oxidada colgaba sobre la puerta, inmóvil bajo la luz del mediodía. Marisa abrió, una mujer de unos cincuenta con el pelo teñido de un rubio artificial que no disimulaba sus raíces grises, un intento fallido de aferrarse a la juventud. Su rostro era una máscara de desprecio, con labios finos torcidos en una mueca, y sus ojos, de un marrón opaco, me recorrieron como si fuera basura arrastrada por el viento. Llevaba un vestido floral pasado de moda que le colgaba como un saco y un delantal manchado de grasa que apestaba a cebolla quemada, un olor que se mezcló con el tufo a tabaco rancio del interior.
    
    “Diego, ¿qué coño es esto?” siseó, bloqueando la entrada con las manos en las caderas, como una centinela de la moral defendiendo su castillo de mierda. “¿Traes a una… una de esas a mi casa para comer? ¿No tienes vergüenza, hermano?”
    
    Diego se rió, empujándome hacia dentro con una mano en mi cintura, sus dedos clavándose en mi piel como si marcara territorio. “Tranquila, Marisa, no te subas por las paredes,” gruñó, con una sonrisa que era un destello de desafío. “Margot es especial, mi futura reina. ¿Verdad, cariño?” Me pellizcó el culo, un gesto que me hizo apretar los dientes, y forcé una sonrisa, tragándome las ganas de escupirle.
    
    “No me jodas, Diego, ¿te has vuelto gilipollas o que te pasa?” replicó ella, cruzándose de brazos, el delantal crujiendo como si protestara. “Esta zorra solo ...
    ... quiere tu dinero. ¿Crees que soy idiota? No dejaré que una puta de carretera se ría de nosotros ni se lleve lo que es nuestro.”
    
    —Víbora, te daría una hostia como sigas— forcé una risa, inclinándome hacia ella para que mi escote la distrajera, un movimiento calculado. “Marisa, relájate,” dije, con una voz melosa que escondía mi desprecio. “Solo vengo a comer tu cocido. No quiero problemas, ¿vale?”
    
    Ella resopló, dando un paso atrás, pero sus ojos seguían clavados en mí, llenos de veneno. “Pasa, pero no te hagas ilusiones,” masculló, girándose hacia el salón. “Este no es tu sitio.”
    
    Diego me empujó dentro, su mano en mi cintura como una cadena invisible. El salón era un mausoleo de la mediocridad con muebles de imitación madera, un sofá de cuero sintético agrietado que crujía bajo el peso de los años, y una tele vieja que emitía un zumbido constante como un insecto moribundo. Sobre una mesa de cristal rayada, un mantel de plástico con flores desvaídas soportaba una fuente de cocido humeante, cuyo olor a repollo y grasa llenaba el aire.
    
    Rosita estaba tirada en el sofá, con vaqueros rotos que dejaban ver sus muslos pálidos, marcados por pequeñas cicatrices como mapas de una vida rebelde. Su camiseta negra marcaba sus tetas pequeñas, sin sujetador, los pezones visibles como un desafío silencioso. Tenía veintiún años, pero parecían más, el pelo corto teñido de rosa chicle, un color que gritaba rebeldía, y unos ojos verdes que brillaban como los de un gato acechando a su ...
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