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Mi vida en un club de alterne III
Fecha: 20/03/2026, Categorías: Hetero Autor: Libelula, Fuente: TodoRelatos
... presa. Se levantó al verme, estirándose con una gracia felina que hizo crujir sus articulaciones, y su mirada me desnudó en un segundo, un escáner que no dejaba nada oculto. “Vaya, tito Diego, no exagerabas,” dijo, con una voz melosa que escondía un matiz afilado, como un cuchillo envuelto en terciopelo. “Margot, ¿verdad? Joder, eres una pasada.” Se acercó, dándome dos besos que duraron demasiado, sus labios rozando mi mejilla con una intención que me erizó la piel, un roce que era más promesa que saludo. Su mano bajó a mi cintura, un toque ligero pero descarado, y su perfume, cítrico con un toque de marihuana, me envolvió como una niebla densa. —Esta cría es un puto huracán, y lo sabe— mi piel se erizó bajo su contacto, pero mantuve la compostura, sonriendo con un desafío en los labios. “Encantada, Rosita,” dije, inclinándome lo justo para que mi escote captara su atención, un movimiento que sabía que ella notaría. “Tu tío habla mucho de ti. Dice que eres… un torbellino, ¿no?” Ella se rió, mostrando dientes perfectos que brillaban como perlas, y se lamió los labios con una lentitud deliberada, un gesto que era puro teatro. “Oh, tía, no tienes ni idea,” susurró, guiñándome un ojo antes de volver al sofá, donde se sentó con las piernas exageradamente abiertas, como si el mundo le perteneciera, su postura un desafío exhibicionista que dejaba entrever por los bordes raídos del short vaquero ribetes de su prenda interior roja. —Esta zorrita sabe lo que hace, y va a ...
... por mí— Marisa resopló, sirviendo el cocido con gestos bruscos que hacían tintinear los platos, cada movimiento una protesta silenciosa. “Sentaos de una vez, que se enfría,” ladró, mirándome como si quisiera envenenarme con cada cucharada, su odio tan palpable que casi podía saborearlo. Me senté junto a Diego, quien me apretó la rodilla bajo la mesa, su mano subiendo por mi muslo con una posesión que me dio arcadas. Rosita se sentó frente a mí, sus ojos verdes clavados en los míos, y cada vez que cogía la cuchara, sus dedos jugaban con ella, un movimiento lento y provocador, como si acariciara algo más íntimo, una promesa que aceleraba mi pulso. —Joder, esta cría está tejiendo una red, y yo estoy cayendo— tragué saliva, forzando una sonrisa, mientras la tensión crecía como un incendio lento bajo la mesa. La comida fue un circo de hipocresía y veneno, un teatro donde cada palabra era un dardo envenenado. Marisa no dejaba de pincharme, destilando desprecio en cada comentario. “Entonces, Margot, ¿a qué te dedicas?” preguntó, con una sonrisa falsa que no ratificaban sus ojos, removiendo su cocido con una lentitud teatral, la cuchara raspando el plato como un aviso. “No pareces de las que trabajan en una oficina, querida.” Diego se rió, dándome un codazo que casi me tira la copa, su aliento apestando a vino. “Margot es una artista, Marisa,” dijo, con la boca llena y masticando. “Una diosa en lo suyo, ¿verdad, cariño?” Su mano apretó mi muslo, subiendo hasta el borde de mi ...