1. La culpa fue de mis primas


    Fecha: 24/03/2026, Categorías: Incesto Autor: Maesu, Fuente: CuentoRelatos

    ... mayor de mi santa madre, era una bala perdida que pasaba por casa de mi abuela de pascuas a ramos, siempre prometiendo que se iba a estabilizar y siempre escapando al poco tiempo detrás de algún boxeador sonado, de algún piloto de rallies fracasado, de algún ex legionario metido a chuloputas o de algún feriante borrachín. Para mis tíos era una vergüenza que manchaba el nombre de la familia, para mi madre era una pobrina que se enamoraba de quien no debía, y para mi abuela un dolor de cabeza persistente que sin embargo aceptaba con resignación porque había prometido a mi difunto abuelo, en el lecho de muerte de este, que no la desampararía pasara lo que pasara.
    
    Para nosotros sus sobrinos era una algo así como una leyenda. Cuando estaba por casa nos obnubilaba con relatos sobre noches de fiesta y playas paradisíacas, nos divertía con anécdotas picantes y chistes procaces, nos asombraba contándonos que había conocido a tal o cual futbolista, o que había estado en la fiesta de tal o cual cantante, afirmaciones que solía respaldar enseñándonos un anillo supuestamente regalado por no sé quién, o una foto supuestamente firmada por no sé cuál.
    
    Como iba y venía y no se estabilizaba, mi abuela le tenía en su casa un cuarto donde guardaba las cosas que no se llevaba consigo cuando se marchaba, ropa, viejos álbumes de fotos, cartas, cintas de música… en fin, todo tipo de telares que por supuesto habíamos fisgado y revuelto millones de veces contra el consejo de mi abuela.
    
    A ...
    ... aquella fascinación por lo que nos parecía una vida llena de aventuras había que sumarle, en mi caso, una atracción sexual que me obsesionaba y me atormentaba. No en vano se trataba de una mujer de unos 40 años, rolliza pero bien formada, con unos pechos inmensos, unos muslos fuertes y redondeados y un culazo jugoso y protuberante, siempre embutida en minifaldas imposibles, vestidos ceñidos, corpiños de leopardo y blusas con transparencias.
    
    Toda una jamona a la que yo no podía evitar observar con esforzado disimulo cuando se echaba hacia adelante para poner la mesa mostrando el culazo o cuando se inclinaba para servir la comida haciendo que sus melones se bamboleasen peligrosamente hacia adelante amenazando con salir a saludar.
    
    Tampoco ayudaba a enfriarme las ideas el hecho de que mis demás tías y mi abuela, para criticar su forma de vida y resaltar lo mucho hacía sufrir a la familia con sus andanzas, le contasen a todo el que quisiera oírlo que esa cabra loca de Marcela se iba con todos, se dejaba hacer de todo, se entregaba por menos de nada al primero que se lo pedía y que además parecía que hasta con otras mujeres la habían visto alguna vez, y no rezando el rosario precisamente. Y claro, yo imaginaba qué se dejaría hacer exactamente, y cómo, cuando se iba con toda aquella tropa de tipos peligrosos y mujeres perdularias, y no ganaba para pajas con el asunto.
    
    Alguna vez la había espiado, silencioso como una tumba, los ojos como platos y la polla como una peña de dura, ...
«1234...7»