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Rojo intenso (3): La rubia de recepción (parte 1)
Fecha: 24/03/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: ElPecado, Fuente: CuentoRelatos
... firmes, y colocó su mano izquierda sobre la cadera de Vanessa. La otra, la alzó suavemente… y entonces dejó caer la primera nalgada. No con violencia, sino con intención. Un sonido seco, firme. Vanessa gimió, no de dolor, sino de un placer contenido que al fin tenía salida. —¡Oh, my god! —grito la rubia. Otra nalgada. Otro gemido. La piel de las nalgas de Vanessa comenzaba a enrojecerse, como una pintura viva. Su cuerpo vibraba. Y entre gemidos, su respiración se volvía más profunda… más desesperada. Como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo para dejar salir otra versión de sí misma. Rosanna, mientras tanto, observaba todo con fascinación. Acariciaba el cabello de Vanessa, la calmaba y la encendía al mismo tiempo con sus palabras. —Estás hermosa así… entregada, sin miedo. Y en ese momento, no eran jefa, recepcionista ni diseñador. Eran tres cuerpos conectados por algo más que deseo: por confianza, por impulso, por la certeza de que estaban exactamente donde querían estar. El reloj ya había marcado el fin de la jornada hacía horas, pero la oficina seguía viva. No por el murmullo de ideas ni el clic de teclas… sino por algo más primitivo. Algo que los envolvía a los tres. Ismael respiraba agitado, de pie frente a Vanessa, quien aún sostenía su cuerpo inclinado sobre la mesa. —Penetra mi ano —dijo Vanessa. Su piel era un mapa rojo marcado por cincuenta nalgadas llenas de deseo, y su mirada reflejaba entrega total. —¿Escuchaste lo que ...
... te pidió? —susurró Rosanna, desde un rincón oscuro de la sala. Ismael asintió. Sus manos temblaban, pero no por duda. Era por el peso del momento. Por la confianza. Por la orden disfrazada de deseo que su jefa acababa de pronunciar. Rosanna se acercó a Vanessa con lentitud y retiró la tanga que llevaba puesta con el mismo cuidado con el que se guarda un secreto. La colocó suavemente sobre los labios de la recepcionista, no como una mordaza, sino como un símbolo. Vanessa no se resistió. Al contrario, cerró los ojos como quien recibe una bendición. Luego, Rosanna se dejó caer en una de las sillas, recostando su espalda y separando ligeramente las piernas. Dispuesta a masajear su clítoris, sin participar. No necesitaba hacerlo. Solo con mirar… se encendía. Cada jadeo, cada palabra susurrada entre ellos era para ella alimento, dominio y placer. —Ismael… —dijo Vanessa en un grito suave, como si su alma se escapara por la garganta—. Quédate ahí. No pares. Ismael obedecía. Como guiado por algo más grande que él. Vanessa, se fundía con el momento. Lo llamaba entre suspiros rotos, se movía con un ritmo que no marcaban ni la vergüenza ni el pudor. En un instante, lo miró sobre su hombro, con la prenda aún entre los labios, y sus ojos llenos de una ternura brutal. —Te amo, me gusta rompes mi ano —dijo, apenas audible—. Eres el amor de mi vida. Ismael se quedó en silencio. Un segundo. Tal vez dos. Luego solo cerró los ojos, y lleno aquel estrecho orificio con su ...