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La Última Carta de La Hondonada (01)
Fecha: 26/03/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: mensajera22, Fuente: TodoRelatos
... en Alcázar, acariciando con los pulgares, endureciendo los pezones y llevándolos a su máximo tamaño, como si los ofreciera en sacrificio. Luego, descendió, trazando el valle de su vientre, rozando apenas la rajita, como si lo tentara a él… o a sí misma. Y cuando por fin se acercó, no lo hizo como una amante, sino como una gata en celo, que desea polla más que cualquier otra cosa en la vida. Sus manos, largas y frías al principio, se calentaron al contacto con la piel de él. Recorrió la geografía de Alcázar como si memorizara un mapa prohibido: la cicatriz en el hombro izquierdo —recuerdo de una pelea que él nunca contó—, el lunar junto a la cadera, el temblor casi imperceptible en el muslo derecho cuando ella lo rozó con la yema del dedo, los testículos en los que se entretuvo jugando mientras le decía al oído que era su puta, que deseaba ser follada como nunca y finalmente la polla, que masturbo lentamente gozando de la sensación en la palma de su mano de la piel deslizándose arriba y abajo por el tronco, del glande duro, hinchado, que mimó y recorrió con los dedos extendiendo la humedad, las gotas preseminales del capitán. Cada caricia era una pregunta. Cada pausa, una respuesta. Luego de rodillas, con la velocidad más pequeña que se haya mamado una verga ella lo hizo, besitos en el glande, en el tallo, en la base, en los testículos sostenidos en la palma de la mano con fervor, con el fervor de una guarra. Abarcando más tarde el capullo con los labios, mirándole a ...
... los ojos, sonriendo entre lamida y lamida y masturbando a la vez con ambas manos. Alcázar estuvo a punto un par de veces de llenarle la cara de leche, pero se contuvo. Y el acto comenzó. Hubo momentos de quietud absoluta, en los que parecían flotar en un tiempo detenido él con la polla totalmente enterrada en el coño de Elena, inmóvil, mirándola a los ojos, mientras ella, con una sonrisa apenas esbozada, movía apenas las caderas, provocando olas mínimas, casi místicas, de placer. En esos instantes, no había cuerpo, ni pasado, ni deber. Solo dos sexos suspendidos en un presente eterno. Pero de pronto, la fiera emergía. Con un grito gutural, Elena se desataba. Arqueaba la espalda, clavaba las uñas en su espalda, mordía su hombro, follaba con el coño mejor que cualquier hombre con su polla. Y exigía más, más rápido, más profundo, como si quisiera arrancarle no solo el aliento, sino el secreto que guardaba en el pecho. Era en esos momentos cuando Alcázar, el observador, el interrogador, se convertía en víctima. Porque Elena no solo tomaba placer: lo extraía, lo exigía, lo dominaba. Y luego, el clímax. Sus orgasmos eran estallidos. Su rostro se transformaba: los ojos se cerraban la boca se entreabría, y un sonido brotaba de su garganta, largo, profundo, que no era gemido sino una música que llevaba al orgasmo compartido a Alcázar. Y en ese instante, él sentía algo que no sentía con otras, no solo su propio orgasmo, sino como si fuera arrancado de sí mismo, como si ella, con ...