1. La última vez que fui ella


    Fecha: 26/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Alma Carrizo, Fuente: SexoSinTabues30

    ... una muralla caliente. Sus manos fuertes rodearon mi cintura y me alzaron como si no pesara nada.
    
    Me sostuvo contra su pecho, sus labios aplastados contra los míos, y yo me abrí a él como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando desde siempre. El beso fue húmedo, sucio, salvaje. Lo deseaba con una desesperación que no sabía que tenía.
    
    Me llevó hasta la cama sin dejar de besarme, dejándome caer con una suavidad que contrastaba con la violencia de su deseo. Se agachó sobre mí, su mirada encendida, feroz.
    
    —Estás tan buena, Alma… —gruñó, como si fuera un secreto que ya no podía guardarse.
    
    Le acaricié la cara con dedos temblorosos, mi cuerpo ardía.
    
    —No te contengas —susurré, jadeante—. No vine a que seas suave.
    
    No necesitó más. Me arrancó el vestido, literal, lo bajó de un tirón y lo dejó caer al suelo. Yo no me opuse. Me quedé en ropa interior, con la piel erizada, la respiración entrecortada y el centro palpitando de deseo.
    
    Su mirada me recorrió, lujuriosa, devorándome. Se agachó y empezó a besarme el cuello, bajó lento, su lengua dibujó un sendero ardiente entre mis pechos, por mi abdomen, hasta el borde de la bombacha.
    
    —No sabés las veces que me imaginé haciéndote esto —murmuró, con voz grave.
    
    Me quitó la ropa interior con los dientes, rozándome apenas. Yo me retorcí, ya empapada, jadeando.
    
    —Quiero sentirte —le dije, sin pudor—. Toda.
    
    Cuando se sacó la ropa, contuve el aliento. Su cuerpo era brutal: piel oscura, músculos marcados, el torso ...
    ... amplio. Pero lo que tenía entre las piernas me dejó sin habla. Era grande. Más que eso. Era intimidante.
    
    Él lo notó. Sonrió.
    
    —¿Te asusta?
    
    —Me calienta —le respondí, sin pestañear.
    
    Me abrió las piernas con esas manos enormes, firmes. Me tocó sin apuro, con conocimiento, con precisión. Cuando me penetró, lo hizo despacio, estirándome centímetro a centímetro, haciéndome gemir con fuerza, sintiendo cómo mi cuerpo se rendía, se abría, lo aceptaba.
    
    Era demasiado. Y era perfecto.
    
    Sus embestidas fueron profundas, rítmicas, implacables. Me empujaba con fuerza, sujetándome de las caderas, haciendo que lo sintiera hasta el fondo. Yo gritaba, me aferraba a él, lo arañaba, lo insultaba entre jadeos.
    
    No era amor. Era puro sexo. Crudo. Real. Necesario.
    
    Me giró. Me tomó de espaldas, de rodillas, con una mano en mi cintura y otra en mi nuca, controlándome. Yo gemía como nunca antes. Me sentía suya, usada, llena. Y lo adoraba.
    
    Cada estocada era una descarga. Cada vez que me decía mi nombre entre gruñidos, me corría otra vez.
    
    Me hizo acabar más de una vez. Me temblaban las piernas, me dolían los muslos de tanto apretarlo con ellos. Pero él seguía. Incansable. Dominante.
    
    Cuando terminó, me llenó con una explosión profunda, caliente, mientras enterraba el rostro en mi cuello y murmuraba mi nombre como un mantra.
    
    Quedamos tirados, transpirados, jadeando. Yo con la mirada perdida en el techo, aún con espasmos en el cuerpo.
    
    Él me acariciaba la cintura, pero yo ya ...