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El círculo. Cap.29. La entrevista
Fecha: 26/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos
... De movimientos suaves y tensos. El ritmo fue creciendo como una marea que no sabe si va a desbordar o a arrastrar. Primero ella arriba: Tras una sonrisa y un tierno beso en los labios, se acomodó arriba de Lorenzo, hizo a un lado la finísima tela de la tanga y lo enterró en ella. Su piel se estremeció. —Me encantas solecito—. Lo dijo gimiendo, sintiendo la lengua de Lorenzo rozar su pezón derecho. Valeria subió el ritmo, su cadera se movía en círculos discretos mientras gemía, aguda como una gata. Pero dentro de su pecho no había una ola que creciera para ella. Hoy no. Hoy no era su cuerpo el que importaba. Era el de él. Su mirada se llenaba con cada gemido de Lorenzo, con cada respiración forzada que brotaba de su pecho. Luego Lorenzo se acomodó encima, ella abrió las piernas boca arriba y se vieron a los ojos. Era un sexo animal, pasional, metódico. Con amor. Valeria sintió el temblor en el torso de él, esa punzada en el centro del corazón, el mismo aviso sordo que había aprendido a reconocer. El temblor de un hombre que empuja más allá de lo que su propio cuerpo debería permitir. —Estás bien… —susurró ella, casi como un rezo, mientras lo sentía crecer dentro. Él no contestó. Solo empujó con más fuerza, como si pudiera expulsar su propia muerte a través de ella. La cama crujía, la seda se arrugaba, y la respiración de Lorenzo era un lamento disfrazado de éxtasis. Valeria no buscó su propio clímax. Su sexo estaba abierto, vivo, pero no necesitaba ...
... la ola final. No esa noche. Hoy, su placer era verlo a él temblar, sentirlo aferrarse, como un náufrago que aún cree que puede volver a la orilla. Cuando sintió el calor violento inundarla, no se movió. Solo se inclinó y apoyó la frente sobre su hombro, escuchando los latidos torpes que golpeaban contra su oído. —Te amo, Lorenzo —dijo, con voz tan baja que casi parecía un pensamiento. Él giró apenas el rostro, exhausto, vencido, con el corazón latiendo a un ritmo que ya no obedecía. —Eres mi solcito… mi estrella… mi herejía favorita… —balbuceó, entrecortado, todavía con el cuerpo tenso. Valeria sonrió. Una sonrisa tranquila. Una que no necesitaba su propio orgasmo para sentirse plena. Porque se había entregado completa, pero no para ser poseída: para sostenerlo a él. Para sostener su vida. Suspiró, sintió un hueco silencioso crecerle en el pecho. No era tristeza, ni remordimiento. Era una soledad densa, antigua, como si detrás de cada gemido de él se escondiera un eco que nunca volvería. Y por un instante, se preguntó si alguna vez alguien la sostendría a ella de la misma forma. —Contigo me siento vivo, Valeria. —Entonces vivamos. —Ya estás lista —susurró él, con voz apenas audible—. Lista para ser el centro. Para mirar desde el fuego. Para ser el oráculo. Ella no preguntó. Ya no necesitaba explicaciones. Se incorporó, le dio un beso en la frente. Lo tapó con cuidado, como si fuera un niño dormido. Luego se metió junto a él, abrazándolo por la ...