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Dominio Interno (1)
Fecha: 28/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Z Tales, Fuente: TodoRelatos
... que lo consigue. Termina de comer. Deja el segundo plato intacto en la encimera. Tapa los restos con papel film, por si acaso. Quizás ella tenga hambre en algún momento de la madrugada. Mientras recoge, sus ojos se detienen en la puerta cerrada otra vez. No sabe si está enfadado o preocupado por ella. Hay noches en las que se convence de que todo esto es solo una fase. Que Kaela está absorbida por su trabajo, pero que volverá. Volverá a reírse con él. A buscarle con los pies en la cama. A pedirle que apague la alarma y se quede un poco más abrazado a ella. Incluso a pedirle que vuelvan a follar. Pero otras noches… otras noches no está tan seguro. Va al fregadero, lava el plato con movimientos lentos. Está cansado. Y solo son las nueve y media. Camina hasta el salón, pero no se sienta. Da un par de vueltas, revisa el móvil sin saber por qué. Nada nuevo. Un par de notificaciones de trabajo. Una oferta personalizada para sesiones porno en su cabina de estimulación sensorial. No es tan potente como la de Kaela, pero es capaz de hacer sentir a un humano cosas increíbles. Aun así, no la ha usado en semanas. Hace tiempo que no consigue dar rienda suelta a sus necesidades sexuales. A veces se despierta con una erección, pero se desvanece tan rápido como recuerda cómo se está distanciando de Kaela. Ella siempre llega tarde a dormir, de madrugada. O simplemente no está. Se va a la cámara a cualquier hora, como si el tiempo físico ya no le importara. Suspira. ...
... Vuelve a mirar hacia el pasillo. —Solo una fase… —se repite en voz baja. Pero no suena muy convencido. 2 Una hora más tarde, la puerta del despacho se abre con un suave susurro neumático, rompiendo el silencio pesado que se había instalado en el apartamento. Enzo levanta la vista desde el sofá, donde ha estado sentado perdiendo el tiempo con el móvil y el rostro vacío, como si estuviera esperando que algo cambiase por sí solo. Kaela aparece en el umbral, despeinada, con el cabello revuelto en mechones que le caen por la frente, producto del sudor. Lleva una camiseta ancha, arrugada, que se amolda sin gracia a su cuerpo, y unos pantalones finos y cómodos, de pijama. Las ojeras marcan su rostro pálido, pero sus ojos destellan con una luz eléctrica que no busca a Enzo, sino que parece clavarse en algún punto invisible más allá de la pared. Buscando algo que comer. La tela de la camiseta se ciñe levemente a su cuerpo humedecido por el sudor reciente, dejando entrever la curva de sus pechos sin sostén, el dibujo sutil de sus pezones tensos. Sus piernas largas, descalzas, suaves. Enzo traga saliva. Aunque no quiera admitirlo, sigue deseándola con una intensidad que no disminuye, pese a la distancia y el enfado. —¿Cenaste? —pregunta ella, como si acabara de recordar que viven juntos, sin mirarlo directamente. Enzo cree detectar cierta vergüenza en el gesto, pero no entiende por qué. —Sí. Te dejé un plato —responde él, levantándose. Ella asiente, sin moverse del ...