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Mamá ¿por qué estás desnuda? (11)
Fecha: 28/04/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... nostalgia anticipada. Bajé las escaleras, me eché la mochila al hombro y salí a la calle. Lo de la rutina no fue una metáfora, fue una condena literal: las siguientes semanas se convirtieron en una maquinaria precisa, una fábrica de horas y de orgasmos en partes iguales. El despertador ni siquiera era necesario. Cada mañana, antes de que el sol pegara en la ventana, sentía el calor de mamá a mi lado, enredada como liana en mi torso, y a los pocos minutos, el beso ritual en la mejilla. Nunca era igual: a veces suave, a veces ruidoso, a veces un mordisco de dientes que parecía más amenaza que ternura. Pero siempre, siempre, terminaba en una mamada. No digo esto por presumir, sino porque la eficiencia de mamá para sacarme el sueño a puro sexo oral era de concurso. Algunas veces, ni siquiera me daba tiempo de abrir los ojos; la sentía deslizarse bajo las sábanas, la cabeza castaña entre mis piernas, y el calor de su boca envolviendo mi verga como si el mundo entero dependiera de ese primer chute de placer. Mamá se lo tomaba en serio. A veces ni siquiera hacía el show previo; sólo bajaba, me tomaba el pene entre los dedos y se lo metía de lleno en la boca, mamando con la urgencia de quien exprime el último jugo de una naranja antes de correr. Después venía el desayuno real. Huevos revueltos, pan tostado, a veces un licuado de plátano con avena. Mamá se aseguraba de que comiera bien. —¿Llevas todo? —preguntaba cada mañana, y yo asentía, con la boca llena, como buen ...
... animal doméstico. Y luego salir. Así, todos los días. En la universidad, me volví un fantasma. Iba, tomaba apuntes, respondía exámenes, y salía sin decir mucho. De regreso a casa, la rutina seguía: mamá ya tenía la comida lista. A veces, la encontraba en la cocina con delantal y nada más debajo, los pezones asomando por los costados de la tela como dos testigos mudos de la conspiración. Cocinaba como si no supiera que estaba desnuda, moviéndose entre la estufa y la mesa con la naturalidad de quien nunca tuvo que fingir nada para nadie. Yo me servía, comía rápido, y luego me refugiaba en mi cuarto para estudiar. El estudio era, en serio, una guerra. Los libros de texto se apilaban como cadáveres sobre el escritorio, las hojas subrayadas con furia amarilla, las tazas de café multiplicándose a un ritmo de plaga. Me había prometido no volver a reprobar una sola materia, así que le dediqué más horas a los apuntes que a cualquier otra cosa. El sexo quedó restringido a un solo round nocturno, lo cual era más que suficiente para mantener la paz en casa y en mi cabeza. Por las noches, me reunía con mamá en su cuarto, que poco a poco se había convertido también en el mío. El sexo nocturno era menos espectáculo y más necesidad: breve, concentrado, intenso. Un polvo rápido, pero con la química exacta para dejarme tiritando de placer y con la mente lo suficientemente vacía como para dormir sin pesadillas. Dormíamos abrazados, como dos soldados que han sobrevivido la ...