1. Mamá ¿por qué estás desnuda? (11)


    Fecha: 28/04/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos

    ... batalla.
    
    El ciclo se repitió tantas veces que empecé a olvidarme de cómo era vivir sin él. Mamá y yo nos volvimos una unidad biológica, una célula autosuficiente que se retroalimentaba de placer, estudio y pan tostado. El mundo afuera podía colapsar, pero adentro, la mecánica seguía perfecta.
    
    Sin embargo, es necesario mencionar que no nos volvimos ni aburridos, ni monótonos, ni predecibles. Mamá se volvió más atrevida: probaba nuevas posiciones, pedía cosas, preguntaba abiertamente si me gustaba esto o lo otro. Yo, contagiado por la valentía, empecé a experimentar también. Aprendí a leer su cuerpo, a saber cuándo quería ser penetrada con fuerza y cuándo prefería que la tocara suave, despacito, como si fuera de cristal. El cuerpo de mamá se volvió mi nuevo lenguaje, y cada noche, descifrábamos juntos una frase distinta.
    
    El tiempo dejó de importar. Si el sol salía o se ocultaba era sólo un dato de fondo. La vida se redujo a tres cosas: estudiar, coger, dormir. Y, sorprendentemente, funcionaba.
    
    Salí del último examen con las piernas flojas y el cerebro convertido en gelatina. El salón apestaba a sudor y a desesperación tardía: filas de alumnos desplomados sobre sus hojas, profes vigilando con la mirada hueca de los que cuentan los minutos para irse a casa. El aire acondicionado hacía más ruido que efecto, y yo sudaba bajo la camisa, con el brazo adolorido de tanto escribir.
    
    Lo increíble fue darme cuenta de que estaba feliz. No una felicidad boba, ni eufórica. Más ...
    ... bien una calma limpia, de quien ha terminado una maratón y sabe que ahora puede dejarse caer en el suelo y mirar el cielo sin culpa.
    
    Llegué a casa oliendo a sudor y a libertad. Abrí la puerta, y lo primero que olí fue comida.
    
    Mamá estaba en la cocina, con el cabello recogido y la cara iluminada por una sonrisa.
    
    —¿Cómo te fue? —preguntó, secándose las manos en el delantal.
    
    —Lo hicimos, —le dije, y nos reímos.
    
    Se sentó frente a mí y me sirvió una copa de vino.
    
    Comimos lento. Mamá había cocinado su versión favorita de lasaña (mucha carne, poco bechamel). Hablamos de tonterías: el vecino del departamento de arriba, que ahora se había vuelto entusiasta de la música banda; la nueva moda de los "stands" veganos en la esquina; el perro callejero que cada vez dormía más cerca del portón de entrada.
    
    Estaba por servirme el segundo trozo de lasaña cuando sonó el teléfono de mamá. El tono era el default, pero ella se quedó mirando la pantalla como si fuera un número prohibido.
    
    —¿Quién es? —pregunté, sin mucho interés.
    
    —La abogada, —dijo, y la voz le cambió, como si la palabra tuviera filo.
    
    Contestó. Se levantó de la mesa y caminó hacia la sala, el teléfono apretado al oído, la espalda recta como si fuera al cadalso. La conversación fue corta. Mamá apenas habló, sólo escuchó, asintiendo en silencio, con el entrecejo fruncido y la mano libre apretada en puño. Cuando colgó, se quedó ahí, de pie, mirando la nada, inmóvil.
    
    Volvió a la mesa, se sentó y respiró ...
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