1. Mamá ¿por qué estás desnuda? (11)


    Fecha: 28/04/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos

    ... hondo, una, dos, tres veces.
    
    —¿Todo bien? —pregunté, ahora sí con algo de alarma.
    
    —No.
    
    Esperé que siguiera. La miré a los ojos, pero los tenía bajos, ocupada en destruir el pan con las uñas.
    
    —¿Qué pasó? —quise saber.
    
    Mamá tardó en responder. El tiempo se estiró como chicle, hasta que por fin, levantó la cara y me miró directo.
    
    —Luis no va a firmar el divorcio.
    
    La frase era simple, pero en el aire pesaba como una sentencia.
    
    —¿Pero… puede? O sea, ¿tiene sentido negarse? —pregunté, sin entender nada del proceso.
    
    Mamá asintió, pero no explicó. Sólo se quedó ahí, en silencio, como si buscara la manera de que las palabras no dolieran tanto. Finalmente, habló.
    
    —Es su derecho, esto complica muchos las cosas… —dijo, y la voz le tembló, pero no lloró—. La abogada dice que esto se puede alargar meses, incluso años si Luis se sigue negando.
    
    Me enojé. No con mamá, sino con el fantasma de mi papá, con ese hueco de hombre que nunca estuvo pero siempre logra joder el presente. Sentí el calor subirme a la cara, las ganas de romper algo, de correr hasta el teléfono y llamarlo para gritarle que nos dejara en paz, que se fuera a la mierda y nunca más volviera.
    
    Pero no hice nada. Porque, en el fondo, sabía que mamá tampoco quería un drama extra. Lo último que necesitaba era que yo metiera ruido en una batalla que ya la tenía al límite.
    
    —¿Qué vamos a hacer? —pregunté, porque a veces lo único que puedes ofrecer es la compañía en el abismo.
    
    —Esperar, ...
    ... —dijo, y la palabra era tan fea que hizo que el vino se volviera amargo—. No podemos hacer nada más.
    
    Intenté decir algo útil, pero no encontré nada. El silencio volvió a la mesa, esta vez pesado, infectando hasta el último rincón del departamento.
    
    Mamá limpió la mesa en automático, tiró los restos de pan a la basura, lavó los platos como si cada chorro de agua pudiera borrar el maldito apellido de la loza.
    
    Esa noche no hubo sexo. Simplemente dormimos, cada uno en su lado de la cama, con la respiración del otro como única conversación.
    
    Bueno, y habrá que pasar un poco más rápido en este punto, porque poco y nada aconteció en casa.
    
    Pasaron casi seis días donde mamá y yo flotamos en esa depresión blanda, ese letargo de serie barata donde cada escena es igual a la anterior pero con menos brillo y menos música de fondo. Nos saludábamos en la mañana, desayunábamos en silencio, hacíamos cada quien lo suyo y, por la noche, mamá veía televisión en la sala mientras yo me inventaba obligaciones para no sentir la tristeza compartida. El sexo se evaporó. Y aunque era absurdo medir la salud emocional de una familia por la frecuencia de los orgasmos, la ausencia era más notoria que cualquier bandera negra colgada en la puerta.
    
    Una tarde, mientras buscaba unos tenis limpios en el clóset, me topé con la bolsa negra del sex shop. No recordaba ni siquiera haberla guardado ahí. El plástico brillaba opaco bajo la luz, y adentro, las cajas seguían intactas, como si esperaran una cita ...
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