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Voyeur animal
Fecha: 30/04/2026, Categorías: Gays Autor: ShadowAnkley, Fuente: TodoRelatos
Mi edificio, una construcción de ladrillo visto de los tiempos de Franco, hace una esquina de noventa grados perfectos con el de enfrente, que es idéntico pero desplazado unos metros a la derecha. Durante nueve de los doce meses del año, esa esquina da igual. Persianas bajadas y cortinas corridas preservan la intimidad de cada piso y los gritos, las discusiones, el sexo, los cumpleaños y tantas otras cosas solo tienen como testigos a los habitantes de la casa. Sin embargo, cuando llega el verano en Madrid (y lo hace siempre sin avisar), la imagen de mi edificio, la del de enfrente y la de todo mi barrio se transforma. Las ventanas empiezan a abrirse con la caída del sol y ya no se cierran hasta después de desayunar. El zumbido de los aires acondicionados y de los ventiladores que deberían haber sido sustituidos hace varios años se convierte en el ruido blanco que nos acompaña desde antes de San Isidro hasta bien pasada la Virgen de agosto. Y entre todo ese ruido blanco, chispazos de colores. La voz de una presentadora deSupervivientes sale de la ventana de debajo de mi casa y saluda a los vecinos del cuarto, que se están acabando el segundo paquete de cervezas mientras corean una canción de Melendi. Junto a ellos canta gol alguien que aún no sabe que Morata va a fallar el penalti (para variar) y en el bloque de enfrente una chica ensaya una y otra y otra vez la defensa de su tesis doctoral. Un coche hace sonar el claxon con insistencia, casi como si tratara de mandar ...
... un mensaje de socorro en códigomorse. Le han aparcado delante y no puede salir. Yo escucho elcrescendo de la sinfonía a diario, a veces participando de ella, pero apenas le presto atención. Sólo cuando ya es noche cerrada y las ventanas del barrio empiezan a apagarse una a una y las voces del coro van callando sucesivamente, sólo entonces se despierta mi interés y la esquina entre mi edificio y el de enfrente cobra relevancia. Todos los días, sin falta si puedo evitarlo, entro a mi habitación un cuarto de hora antes de la medianoche. Ya me he lavado la cara y los dientes, me he puesto el pijama (que no consiste en nada más que en un viejo pantalón de Calvin Klein, corto y holgado), me he tomado las pastillas y he dejado preparada la mochila del ordenador para el día siguiente. Enchufo el cacharro que evita que me coman vivo los mosquitos y me meto en la cama, echando ya vistazos de reojo a la ventana, que se ha quedado abierta de par en par. Espero inmóvil. Un cosquilleo nervioso me nace en el estómago y se extiende como una corriente eléctrica hasta las puntas de los dedos de mis pies, pero no me muevo. Él no tarda mucho en aparecer. La luz de su cuarto, que es la habitación del otro bloque a la que da mi ventana, se enciende a las doce en punto. Sé, porque también se ve desde mi piso, que hasta ese momento ha estado en el salón leyendo un libro, viendo una serie o simplemente con el móvil, haciendo tiempo antes de irse a dormir. Es muy joven. ¿Universitario? La ...