1. Voyeur animal


    Fecha: 30/04/2026, Categorías: Gays Autor: ShadowAnkley, Fuente: TodoRelatos

    ... estoy de correrme. Mi niño sigue a lo suyo. Ha vuelto a darle la vuelta al teléfono y se escupe en la otra mano, la que se encarga de su polla. Empieza a jadear. Su espalda se arquea sobre la cama y las gotas saladas le resbalan por el pecho imberbe, tan blanco como la porcelana, y se pierden entre las también blancas sábanas. Me muerdo los carrillos mientras me la casco como un mono. Como cada noche, me rindo a la lujuria y se me pasa por la cabeza todo lo que yo podría hacerle a ese niño, a mi niño, y pienso en sus labios, vírgenes con toda seguridad, y en las marcas que mis dedos y mis uñas podrían dejar en su cuello, en su espalda, en sus muslos y en sus nalgas. Pienso en su culo, limpio, perfecto y puro, y en cuánto, cuánto me gustaría profanarlo hasta dejarlo suelto.
    
    En el piso de enfrente, mi niño deja caer el brazo con el que sujeta el teléfono contra el colchón. Ya está. Se va a correr. Lo sé. Cierra los ojos y estira y encoge las piernas, arrugando los dedos de los pies. Un gimoteo ahogado sale flotando de su ventana y esa es mi señal para incorporarme ligeramente en la cama. Como ya es costumbre, llego justo a tiempo. Mi niño termina de masturbarse, al chapoteo obsceno de su mano en su rabo lo sustituye el silencio y veo cómo le salen tres buenos chorros de lefa de la punta. Aunque no tiene mucha potencia, la lefada es abundante. Seguro que se le escurre entre los dedos y le mancha la ingle y buena parte del abdomen, quizá incluso le llegue al pecho.
    
    Yo me ...
    ... pajeo fuerte, rápido e intenso. Venga, pienso sin dejar de observar, hazlo ya.
    
    Al otro lado, el cuerpo de mi niño va liberándose de la tensión poco a poco hasta quedar completamente relajado sobre la cama. Se le infla y desinfla la barriga mientras trata de recuperar el aliento, todavía con los ojos cerrados.
    
    Vamos, insisto mentalmente, vamos.
    
    Y, entonces, lo hace. Se suelta la polla y se lleva los dedos cubiertos de pegajoso semen blanco a la boca. Mi niño lame sus dedos de uno en uno, introduciéndoselos hasta la garganta y, cuando se los saca de nuevo, están limpios y relucientes. Prácticamente brillan en medio de la oscuridad. Por más noches que pasen, esa imagen no pierde fuerza. Es tan erótica que por poco me arranco el pellejo acabando de pelármela. Me estampo un cojín contra la cara para evitar que todo el barrio escuche mi bufido de toro y me corro como un animal.
    
    Aunque ya no lefo como antes, el orgasmo es salvaje. Lleva siéndolo todo el verano. Gruño de placer mientras me vacío por completo y cuando termino me duele el pecho y siento las extremidades hechas de plomo. Me quito de la cara la almohada babeada, que cae al suelo. De pronto, estoy agotado. Casi como por instinto, miro por la ventana una última vez para confirmar lo que ya sé: mi chico está dormido, respirando suavemente. Alargo un brazo y cojo un par de pañuelos de la caja que hay en mi mesilla. Muy despacio, sin apartar los ojos de la figura inmóvil del edificio de enfrente, me adecento un ...