-
One shot: en cuarentena con mamá
Fecha: 05/05/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos
... recostada en su cama, en pelotas… Su piel resplandecía con una fina capa de sudor, y su respiración era rápida y entrecortada. Sus tatuajes me parecieron, por primera vez, una obra de arte. Sus hermosas tetas se sacudían suavemente al ritmo de su respiración. Pero lo que más me llamó la atención, fue que su tanga estaba bajada hasta las rodillas y que, entre sus muslos, había un consolador. Sus ojos se abrieron de par en par al notar mi presencia, y en un movimiento instintivo, jaló la sábana para cubrirse. —¿Qué haces acá? —su voz sonó muy fuerte. Me quedé paralizado, sintiendo cómo el calor subía a mi rostro. Aparté la mirada, aunque ya era demasiado tarde. Ya la había visto, y jamás me olvidaría de semejante imagen. —Perdón, escuché un ruido y pensé que te pasaba algo —balbuceé, sintiendo una mezcla de vergüenza y una sensación que no podía identificar del todo. Ella suspiró, relajando un poco su postura. —Estoy bien —dijo, su voz más suave ahora—. Por favor, dame un momento. Luego hablamos. Asentí rápidamente y salí de la habitación, cerrando la puerta detrás de mí. Mi mente estaba en caos, tratando de procesar lo que acababa de presenciar. La imagen de mamá, tan vulnerable y a la vez tan íntima, se grabó en mi mente, provocando una oleada de emociones y sensaciones encontradas. Regresé al living, pero el videojuego ya no tenía el mismo atractivo. Me dejé caer en el sofá, intentando calmar mi respiración y ordenar mis pensamientos. La casa ...
... seguía en silencio, pero ahora ese silencio estaba cargado de una tensión extraña. ¿Me calentaba mamá? Siempre había creído que estaba buena, pero jamás me había hecho esa pregunta directamente. Me noté nervioso. Recordé a mamá, en bolas, sobre su cama. Y ese consolador tan cerca de su sexo, en donde hacía unos instantes había estado enterrado. Noté que la verga se me había endurecido. Después de unos minutos, escuché sus pasos aproximarse desde el pasillo. Vestía un short de algodón gris, suelto, que le quedaba peligrosamente corto, dejando ver esa piel tatuada que yo ya no podía mirar igual. Arriba, una musculosa blanca, sin corpiño —como solía andar en casa— que se pegaba a su cuerpo firme y húmedo por la reciente ducha, y parecía sostener apenas las enormes tetas. El pelo corto, platinado, seguía húmedo. Sus pies descalzos hacían que todo pareciera aún más íntimo, más doméstico… y al mismo tiempo más prohibido. Se sentó frente a mí, cruzando las piernas. El movimiento fue lento, natural, pero no dejaba de ser un espectáculo. Ese cuerpo trabajado, fuerte, dibujaba líneas que yo no podía dejar de seguir con la vista. Tragué saliva. —No te voy a retar porque entraste a mi dormitorio sin golpear, porque sé que lo hiciste con buenas intenciones —dijo. —Sí, ma, es que pensé… —Sí, sí, ya sé que pensaste que me había pasado algo. No importa. Lo importante es que podemos usar esto para que hablemos de algo que nunca hablamos. —¿De qué? —dije, ansioso. —Mirá… ...