-
Qué iba a saber yo (7) Deseo que...
Fecha: 06/05/2026, Categorías: Gays Autor: Bartowski, Fuente: TodoRelatos
... Gracias por invitarme, prof—... John. Él me miró de reojo y me dio un golpecito en la cabeza con el culo de la botella. —¡Ay! Pero si no he dicho nada —me quejé, sobreactuando un poco mientras me frotaba. —Por si acaso —respondió, riéndose de mí. Hubo una pequeña pausa. Luego dijo, como pensando en voz alta: —Mañana habrá que madrugar para entrenar y aprovechar el día. —Ya tengo ganas de quemar adrenalina —dije, volviendo a dar otro sorbo a la cerveza. Poco a poco, con el paso del tiempo, los chicos se fueron retirando a dormir, hasta que finalmente los únicos que quedábamos en la terraza éramos John y yo. Nos trasladamos a las tumbonas, colocadas una junto a la otra, en silencio. —No todos los días uno puede disfrutar de esto, ¿eh? —susurró, sin dejar de mirar el cielo. —Ya… en la ciudad apenas se ven estrellas —le contesté en el mismo tono. —¡Mira! —señalé con el dedo al ver pasar una estrella fugaz. —Anda, mira qué suerte, chaval. Vas a tener que pedir un deseo —me miró y me dio un codazo cariñoso. Cerré los ojos. No tuve que pensarlo demasiado: Deseo que todas las noches sean como esta. Al terminar, esbocé una sonrisa. —¿Ya? ...
... —preguntó. Asentí con la cabeza. Iba a decir algo cuando él me interrumpió: —Si lo dices, no se cumple. Me quedé callado. Una ráfaga de aire frío me recorrió el cuerpo y me provocó un escalofrío que no supe disimular. —¿Tienes frío? —preguntó John, notando mi reacción. Negué con la cabeza, aunque él ya no me creyó. —Pero si tienes la piel de gallina… anda, ven. Con un gesto suave, pasó su brazo por mis hombros y me atrajo hacia él. Mi cabeza quedó apoyada entre su hombro y su pecho. Desde ahí podía oler su desodorante mezclado con esa esencia suya, cálida, que ya empezaba a reconocer. —Gracias… gracias por todo —dije en voz baja, mientras él me frotaba el brazo con la palma de la mano, intentando darme calor. Aunque, en realidad, ya no lo necesitaba. Tenerlo tan cerca bastaba para subirme la temperatura. —Gracias a ti por venir —susurró. Y, con una sonrisa, me pellizcó la nariz con suavidad. Nos quedamos allí tumbados sin decir nada más. Disfrutando del silencio, y de la compañía. Estaba tan tranquilo, tan en paz, que los párpados comenzaron a pesarme. Él lo notó. Me acarició el brazo una última vez y me susurró al oído: —Ya va siendo hora de ir a dormir.