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Mi hijo es un pervertido 4: mi hijo se pone celoso
Fecha: 09/05/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos
Mi hijo es un pervertido Capítulo 4 Mi hijo se pone celoso Desde lo que ocurrió esa tarde, mientras veíamos la película, ya no cabía ninguna duda. Octavio no solo me había tocado, sino que lo había hecho de la manera más obscena posible. No solo usando sus manos… Aún recordaba nítidamente la sensación de su verga haciendo contacto con mi rostro. Ni siquiera en mis pensamientos más oscuros había imaginado que fuera capaz de hacer algo como eso. Porque una cosa era tener esas inclinaciones sexuales perversas, pero otra aún más grave era abusar de tu madre mientras la creés indefensa. Y yo se lo había permitido… Después de eso, él se encerró en su cuarto. No dijo nada. Nos cruzamos un par de veces ese mismo día, en la cocina, en el pasillo, y todo parecía normal. Incluso se mostró algo más distante de lo habitual, como si supiera que había cruzado una línea y no estuviera del todo seguro de cuánto había quedado expuesto. Pero era apenas perceptible. Porque sus ojos… sus ojos seguían igual. Esa mirada suya no había cambiado. Me observaba como lo hacen los hombres cuando se quieren coger a una mujer. Cuando el deseo es tan primitivo que ni siquiera se molestan en simular romanticismo. Solo que él no era un hombre cualquiera: era mi hijo. Esa noche, mientras la casa dormía, me desnudé frente al espejo. Quise mirarme con frialdad. Ver qué había en mí que pudiera haber desatado algo así. Siempre supe que era una mujer hermosa. Desde que tenía quince ...
... años despertaba las miradas de hombres que me doblaban en edad. Pero debía haber algo más allá de eso para despertar la lujuria de mi propio niño. Veía mis senos firmes, turgentes, marcados por la luz tenue del velador. Mi rostro sereno, mis facciones suaves, de esas que parecen retener algunos años menos. Mis caderas redondeadas, la curva generosa y erguida de mi culo, esa piel cobriza que siempre fue suave al tacto. Sabía perfectamente lo que generaba en los hombres. Siempre lo supe. Lo que no entendía era cómo esa misma reacción, esa misma hambre, había nacido en él. En ese chico que yo había parido, educado, y visto crecer. Ahora me sentía culpable. No solo por haber alimentado, consciente o inconscientemente, sus sentimientos… sino por haberlo dejado tocarme. La pregunta que no podía sacarme de la cabeza era si él lo sabía. ¿Había notado que yo no estaba dormida? ¿Había sentido la tensión de mi cuerpo, el leve estremecimiento, el suspiro que no pude ocultar? Si era así… entonces todo era aún más grave. Porque le había dado pie. Porque él podía pensar que todo estaba permitido. Estaba nerviosa. Lo sentía en el estómago, como un nudo que no se deshacía. Sabía que debía ponerle un límite. Que debía enfrentarlo. Pero seguía sin animarme. Y esta vez, no tenía ninguna excusa que pudiera justificar mi silencio. Mi incapacidad para enfrentar todo aquello de forma directa —mirarlo a los ojos, nombrar lo que había hecho, exigirle una explicación— terminó por ...