1. El círculo. Cap.36. El poder es una herida abierta


    Fecha: 15/05/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos

    El Zócalo hervía de voces, de banderas agitadas al viento, de pancartas improvisadas y lonas gigantes cuidadosamente colocadas. Era una tarde cálida, luminosa, con ese sol del altiplano que parece fijo sobre la ciudad, y el aire olía a tamal, cemento y esperanza. Desde temprano, camiones con simpatizantes de todas las alcaldías habían llegado con entusiasmo coreografiado. Un templete moderno, de fondo blanco y guinda, dominaba la explanada. Atrás, la Catedral y el Palacio Nacional enmarcaban la escena, pero ese día el protagonismo no era de la historia ni de los muros: era de la imagen, del símbolo.
    
    Damián, de traje azul marino sin corbata, camisa blanca de cuello abierto, subió al templete en medio de un estruendo de aplausos, gritos, tambores, bocinas. Caminaba con paso firme, contenido. Sonriente, pero sin exageración. Saludaba con la mano izquierda, la derecha la llevaba en el corazón.
    
    A su lado,Helena, vestida de blanco marfil con un vestido largo que dejaba entrever su silueta, ya embarazada notoriamente, pero igual de atractiva, incluso más, que siempre, caminaba con elegancia serena. Su cabello caía en ondas suaves y llevaba solo un collar sencillo de perlas, una mano en su vientre y la otra saludando con la palma encima de su cabeza, por momentos. Su sonrisa no era de adorno: era parte del mensaje.
    
    Un presentador de voz profunda y entonación radial terminó de leer una breve semblanza y luego dijo:
    
    —Con ustedes, el compañero…Damián Ortega.
    
    El ...
    ... estruendo fue total. Bandas de viento en algún lado tocaron fanfarrias, los drones zumbaban en el aire. El mar humano ondeaba banderas del partido y carteles con su rostro: esa imagen reciente, pulida, peinada, que ya decoraba espectaculares en las avenidas principales.El futuro es hoy, decía el eslogan en la base de las lonas.
    
    Damián se acercó al atril. Frente a él, decenas de miles de personas. Detrás, una pantalla gigante con su rostro en vivo. Hizo una pausa larga. Esperó. Midió. Y luego habló, con voz firme, sin gritar.
    
    —Compañeras, compañeros… pueblo de esta ciudad rebelde.
    
    Un grito de ovación. Aplausos.
    
    —Hace quince años… yo caminaba por estas calles entregando volantes. Volantes mal impresos, con propuestas que nadie leía. Hoy estoy aquí, en este lugar donde ha marchado la historia, para pedirles algo que no se imprime: su confianza.
    
    Otra ola de aplausos. “¡Sí se puede! ¡Sí se puede!”
    
    —No vengo a ofrecer templos. No vengo a construir altares para mí ni para nadie. Vengo a convocarlos a algo más difícil, más profundo: una ciudad sin templos, pero con fe. Fe en la gente. Fe en ustedes. Fe en que podemos hacer política sin miedo y sin dueño.
    
    Helena, a su lado, asentía, tocándose suavemente el vientre.
    
    —Los poderosos quieren que ustedes crean que ya todo está decidido. Que el futuro es un catálogo de promesas repetidas, de caras recicladas, de traiciones maquilladas. Pero yo vengo a decirles que no. Que no todo está escrito. Que aquí, en esta ciudad donde ...
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