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Mi experiencia sexual en la cárcel (1)
Fecha: 16/05/2026, Categorías: Confesiones Autor: Bishops, Fuente: CuentoRelatos
... contacté con la unidad y pregunté cómo tenía que hacer. Solicité verlo y me informaron qué trámites y requisitos debía observar. Así que, allí fui. Debo reconocer que no elegí el mejor vestuario para ir. Es que suelo vestirme de manera bastante sugestiva para dar masajes. La mayoría de mis clientes son hombres. Casi todos. Y yo sé muy bien que me contratan por mis grandes y gordas tetas y por este culo apretado, que dios me dio. La mayoría de mis clientes son depravados. No acuden a mis servicios por dolores lumbares, por más que yo sea una excelente profesional. No recuerdo ni un solo hombre que no me haya tocado el culo mientras lo masajeaba, o que no me haya mostrado la pija dura. Al principio me resistía, me enojaba y los echaba. Pero después me di cuenta de que podía usufructuar mi cuerpo. No accedo en todo, pero me dejo bastante. Sólo tengo sexo con uno, que me gusta mucho y que me lleva al orgasmo. A los otros, les satisfago sus “parafilias”, les hago algunas cositas: unos me tocan la cola, y pierden alguno de sus dedos allí; otros, la concha. Hay uno que le gusta hundir su nariz en mi argolla, le gusta “olfatearla”, como dice él. En breve, fui a la cárcel después de dar masajes. Esa mañana había atendido a Carlitos. A él le gustaba que le haga la paja: se ponía boca arriba y yo tenía agarrar uno de mis pechos y ponérselo en la boca. Eso lo excitaba y ahí lo masturbaba hasta que acababa. Ese día había eyaculado muy poquito, apenas unas gotitas: “Es que vengo ...
... de coger con mi mujer”, se justificó. Así que lavé un poco y fui a ver a mi hijo. Tenía una remera blanca ajustadísima, sin corpiño, con los pezones duros y puntiagudos; y una pollera de jean. Tenía una tanguita de animal-print. Siempre me ponía ropa interior sexy porque en mi trabajo no sabía qué podía llegar a pasar. -Lo siento, en este momento no hay ninguna oficial para hacerle la inspección personal. Va a tener que volver en otro momento, o dejar que la revise uno de los muchachos –dijo un policía petiso y morocho que me miraban con morbo desde atrás de un pupitre de escuela que hacía las veces de un escritorio. -¿Cómo que no hay nadie? –repliqué con mezcla de angustia e ira-. Yo avisé que venía. Hice todos los trámites. Me dijeron que podía pasar. -Sí, ya sé señora –el petiso no paraba de mirarme las tetas que, instintivamente yo me las cubrí con un brazo –pero no hay nadie ¿qué quiere que le diga? Es 4 de enero. Están todos de vacaciones. Todos los que estamos son todos los que ve. Puede volver en febrero o, le repito, la inspecciona uno de los muchachos y pasa con el detenido. Pero la tienen que revisar. -Bueno ¿pero qué me tienen que hacer? -Tienen que revisar que no ingrese ningún elemento prohibido, señora. Procedimiento de rutina, señora -Pero yo no tengo nada, sólo vengo a ver a mi hijo –y abrí mis brazos como mostrando toda la honestidad que podía caber en mis enormes pechos. Entre el extremo calor que hacía –que el pequeño ventilador no lograba ...