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Mi experiencia sexual en la cárcel (1)
Fecha: 16/05/2026, Categorías: Confesiones Autor: Bishops, Fuente: CuentoRelatos
... mermar- y los nervios de la situación, empecé a sudar como una condenada. Sentía los chorros de transpiración bajar por mi entrepierna. Sentía que mi concha estaba nadando en un caldo. -Ah bueno, listo. Entonces pase, pase –dos policías que estaban atrás, semicubiertos por una pared llena de humedad se rieron a carcajadas. Me miraron y siguieron tipeando en vetustos teclados –Mire, señora, tiene que pasar por el procedimiento de rutina. Se tiene que desvestir, la inspeccionamos, corroboramos que no haya nada inusual y pasa. Si no, no pasa. -Bueno, revísenme –mi fastidio era notorio. Largué la cartera en una silla con bronca y repetí: revísenme, abriendo los brazos y dando una vuelta. El petiso se levantó victorioso. Agarró una pequeña linterna del primer cajón de su escritorio y se dirigió a un pasillo que se abría a la derecha: -por acá, señora, por favor. Lo seguí. Sentía mucha mezcla, pero también temor. Después de avanzar unos metros por ese pasillo oscuro, el petiso agarró las llaves que tenía colgadas en su pantalón y abrió una puerta sobre la pared izquierda. Prendió la luz. Se quedó bajo del quicio de la puerta, mirándome con lascivia y, señalando con su brazo la entrada, me invitó a pasar. -¿Vos me vas a revisar? ¿Estás seguro que esto está bien? -Todos acá estamos autorizados para revisar. Somos funcionarios públicos. Y ahora escúchame bien, boludita –su tono cambió drásticamente cuando cerró la puerta- ¿Vos pensás que esto es un jardín de ...
... infantes? Estás en una cárcel acá, querida. Así que, si querés pasar para garcharte al trolo de tu hijo, que seguro se lo deben empotrar todas las noches, vas a hacer todo lo que te diga ¿está bien? Si no, te pego una patada en el orto y volvés a la villa de adonde saliste. -Pero… -Me quedé muda. Había pasado por situaciones difíciles antes, por mi trabajo, pero nunca algo así. El calor que hacía en la piecita era insoportable. Parecía que el origen de la canícula. Parecía que el calor había estado gestándose allí desde el diluvio -Ahora, desvestite –el petiso se quedó mirándome. Mientras me sacaba la remera veía como se acariciaba el bulto. -Ah ¿te olvidaste el corpiño? Dijo, acercándose -Sí –dije, con mucho temor, cubriéndome los pechos con ambos antebrazos. -Ahora, sacate la pollera. Quizá para ganar un poco de tiempo, primero comencé por quitarme las sandalias -No, no. Está bien. Dejalas. Bajate la pollera. -Pero ¿no querés ver si llevo algo en los pies? Se rio y me metió la mano por debajo de la pollera. Posó su dedo en el surco que se formaba en la loma de mi concha y empezó a hacer presión con el anular -Acá quiero ver si tenés algo. ¿Ya estás mojadita? -Estoy transpirada, hace calor -¿Hace calor? Bueno, bajate la pollera, te dije –y me sacó la mano. Se olió y se chupó los dedos– ¡Si no te bajas la pollera no-en-tras! –Dijo en tono burlesco, y me pellizcó un pezón, girándolo entre sus dedos por cada sílaba que repetía. -Dale –le dije, ...