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Siempre en Marcha Parte 4
Fecha: 17/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
Las vivencias de Sofía junto a sus hermanos están marcadas por el dolor, la incertidumbre y el intento constante de protegerse mutuamente en medio de la adversidad. En muchos casos, el vínculo entre hermanos se convierte en un refugio emocional, una fuente de fuerza para resistir las circunstancias traumáticas que les rodean. A pesar del miedo, Samuel se convierte en un apoyo esencial, un compañero de lucha que entiende el sufrimiento desde el mismo lugar. Juntos enfrentan las consecuencias del trauma: la desconfianza, los silencios, y la necesidad de reconstruir sus vidas mientras llevan consigo cicatrices invisibles. Estas vivencias no solo hablan del dolor, sino también de la resiliencia, del amor fraterno que se mantiene firme incluso en los momentos más oscuros. Samuel, un joven de 20 años, cursaba sus estudios de medicina en una universidad pública de Colombia. Vivía con su madre, Lorena de 40 años y con sus 4 hermanos, en una casa modesta pero llena de historias, silencios y resistencia. A su lado, su hermana, Sofía, la más pequeña de toda la familia, de 5 años, guiada por una curiosidad profunda y sin haber podido conciliar el sueño le cuestionaba por su madre y su hermana Andrea, quienes aún no llegaban a casa. Samuel y sus hermanos compartían algo más que el vínculo de sangre. Compartían el peso de una vivencia que dejó cicatrices invisibles pero persistentes. Crecieron en un entorno que, por momentos, se volvió hostil, marcado por el miedo, el dolor y la necesidad ...
... de protegerse mutuamente. Las noches eran largas, a veces demasiado. Pero incluso en la oscuridad, encontraban en el otro un refugio, una mirada cómplice que decía: “aquí estoy, no estás solo.” Samuel no podía responder a esa pregunta, ni le mismo sabía lo que estaban haciendo su madre y Andrea, pero lo sospechaba, intuía que ahora Andrea estaba de lleno en ese mundo en el que voluntariamente había accedido estar. Andrea tenía 17 años y en ese mismo instante se encontraba besando a un hombre mucho mayor que ella, un hombre que había conocido esa misma noche, un hombre que al mismo tiempo la desnudaba con facilidad. Samuel lo presentía. El cabello largo y lacio de Andrea, de un negro profundo que contrastaba con su piel arropaba el rostro de aquel hombre. Sus ojos, grandes y de un tono miel cálido, que transmitían una mezcla de dulzura y determinación se mantenían cerrados sin esfuerzo, bajo el disfrute del que ella estaba siendo objeto. No era la más alta ni la más llamativa joven, pero tenía una elegancia natural, una forma de moverse que hablaba de confianza, aunque su voz fuera suave y pausada. Andrea siempre llevaba una libreta de tapas gastadas en la que dibujaba, anotaba frases sueltas o pensamientos, una especie de diario. A Samuel le causaba curiosidad su libreta. Le gustaba cómo se reía bajito cuando algo le parecía tonto, cómo se acomodaba el cabello detrás de la oreja cuando estaba nerviosa, o cómo defendía con firmeza sus ideas sin levantar la voz. Andrea no tardó ...