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Mala sindicalista: Con mi jefe
Fecha: 18/05/2026, Categorías: Confesiones Autor: Contradictoria, Fuente: TodoRelatos
Ya que ha trascurrido el suficiente tiempo para que me sienta segura, he decidido contaros esta historia real, cuya realidad se desarrolló en muchos meses y años. Aun así, por no dar pistas, evitaré decir en qué consistía mi trabajo ni la actividad de aquella empresa, así como los nombres reales de los protagonistas. Aunque ya os he descrito cómo soy, pequeña, delgadita y culona, hay algo más que debéis saber de mí: Soy comunista. Sí, desde los 14 años soy militante del partido, lectora apasionada de los grandes clásicos del marxismo y convencida de sus ideales. Todo ello me llevó a montar un sindicato en la fábrica de esclavos en la que trabajaba. Llegué a presidenta del comité de empresa con menos de 25 años con apenas dos años cotizados en una empresa de más de 500 trabajadores durante un período de gran tensión social como fue la pandemia. La combinación de una buena dialéctica para convencer a mis compañeros y una actitud desafiante y firme ante la empresa fue la clave para ganarme esa posición. Sin embargo, ocupar una posición tan relevante, teniendo en cuenta además que no soy la típica sindicalista corporativista y complaciente, sino rebelde e insolente, me supuso el enfrentamiento directo con las altas esferas de la compañía en las mesas de negociación. Y os hablaré de mis dos principales enemigas: Cintia, la jefa de recursos humanos y Edurne, la cuñada del CEO; dos pijas estiradas de piel naranja y arrugas de plástico. En las primeras reuniones me ...
... miraban por encima del hombro: Dos señoras de 50 años vestidas de Guess y Louis Vuitton perdiendo su tiempo con una cría de 24 años en faldita. Nadie me ve venir nunca porque soy sigilosa y complaciente. No llevo tatuajes, ni peinados extravagantes, nada puede revelar mi ideología y eso, que la chica buenecita montase un sindicato de 10 personas en un momento álgido de polarización social, les dolió profundamente en el orgullo y jamás me lo perdonaron. Cintia y Edurne, a pesar de odiarse entre sí (lo cual daría para una historia aparte), me hicieron la vida imposible: bajadas de salario encubiertas, turnos incompatibles, suspensiones de contrato y aislamiento de mis compañeros fueron algunas de sus venganzas. Pero, así como yo levantaba rencores, levantaba pasiones. Y no solo por parte de mis compañeros hombres, sino también por parte de los jefes, que me veían entrar con mis botines de tacón y falda de tubo apretada a mi local sindical y me chupaban de arriba a abajo con la mirada. Uno de ellos era Juan, el marido de Cintia. Tuve ocasión de coincidir con él en una negociación sobre objetivos y todo el tiempo me miraba penetrante a los ojos mientras debatíamos, era un buen actor porque me trataba con profundo odio y resquemor, pero se le perdía la mirada en mi cuerpo. En la lectura de sus gestos me deseaba profundamente y su mujer, presente en esas reuniones, era consciente de ello. Me sentía muy poderosa porque, si Cintia podía bajarme el sueldo, yo podía destruir ...