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Mala sindicalista: Con mi jefe
Fecha: 18/05/2026, Categorías: Confesiones Autor: Contradictoria, Fuente: TodoRelatos
... me los sostenía. Recuerdo que Juan me dijo algo como “No quiero problemas” y acto seguido, como si algo se inhibiese en su cerebro, empezó a chuparme las tetas como para desgastármelas. Le toqué entre las piernas y no notaba nada. Estaba acostumbrada a la polla gorda de mi novio de entonces, siempre activa y preparada para mí, y en ese bolsillo, por llamarlo de alguna forma, no había nada. No dejaba de lamerme y exprimirme los pezones. Me daba gustito y me ponía cachonda pensar en Cintia, en que había triunfado en mi cometido y que encima me había costado cosa de pocos meses lograrlo. Todo aquello era patético, pero disfruté de que un hombre tan necesitado disfrutase de mi cuerpo. Pasados unos minutos quería poseerme tanto que el diablo empezó a despertar de entre sus piernas. Os lo confesaré: Chuparle la polla sudada a mi jefe tras una jornada de tocarse los huevos en la oficina mientras yo me había matado a trabajar por un sexto de su salario es probablemente lo más humillante que he hecho en mi vida. Pero lo haría una y mil veces porque Cintia se lo merecía y porque a ese señor no se la habían chupado bien en su vida, desde que se folló mi boquita jamás volvió a ser el mismo. Quién sabe si se convirtió, aunque solo fuera un poco, a los ideales por la libertad. Mérito extraordinario que quisiera remarcar: Hice todo aquello en una posición muy incómoda: desde el asiento del copiloto, con medio cuerpo girado hacia el conductor, el volante dándome en la cabeza y ...
... la mascarilla empapándome de sudor la barbilla y el cuello. Además, el pesado de Juan estaba manoseándome las tetas constantemente; me las agarraba para ponérselas encima de la polla. “Qué distorsión de la realidad”, pensé, ¿cómo iba a hacerle yo una cubana con mis tímidas tetas a aquel diminuto miembro? Sin embargo, fruto de su insistencia mis tetas se restregaron durante largos minutos con su polla, que dura como una piedra dejaba rastros de lubricante natural en mi top blanco. Se la chupé entera, subí y bajé, usé mi lengua y mis manos, toqué glande y testículos, me sumergí en sus pantalones y no salí sin haberme tragado hasta la última gota de leche, extraordinariamente amarga, por cierto. Juan, como volviendo en sí de una experiencia no sabría decir si mística o traumática, abrochó su pantalón, clavó su mirada en el vacío y arrancó el coche en silencio, dándome a entender que debía bajarme. Así fue cómo descendí del vehículo y sin mediar palabra me dirigí a mi casa. En cuanto volví en mí, me sentí sucia y prostituida, como cuando tenía 20 años y un chaval que frecuentaba se corrió sobre mis piernas sin mi permiso en un parking del sur de la ciudad a las tres de la mañana. Ambos convenimos, en un acuerdo tácito de conveniencia recíproca, en no volver a hablarnos, ni tratar en lo más mínimo y, aunque así se mantuvo durante los agónicos meses de la pandemia, todo aquel vallado autoimpuesto saltó por los aires cuando la amenaza de ERTE se hizo realidad, poniendo ...