1. Seducida por el verdulero (2)


    Fecha: 23/05/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Alma Carrizo, Fuente: CuentoRelatos

    Llegué al pueblo pasada la una de la tarde, con el sol brillando implacable. Frené frente a la casa de Ángela… y me sorprendí, aunque sin sentirme intimidada.
    
    Era enorme. Una casa blanca, de dos plantas, con columnas en el frente y un jardín prolijamente podado, salpicado de rosales y jazmines. Parecía salida de una revista de decoración.
    
    Toqué timbre y enseguida apareció Ángela, radiante, vestida con un short de jean, remera blanca y el pelo suelto.
    
    —¡Alma! —gritó, abrazándome—. ¡Qué felicidad verte acá!
    
    —¡Pero vos me dijiste que vivías en un pueblito! ¡Esto es una mansión!
    
    Ella soltó una carcajada.
    
    —Bueno… es un pueblito, pero no soy pobre, boluda.
    
    —¡Me estuviste mintiendo todos estos años!
    
    —No es que te mintiera… solo que no es lo primero que le cuento a todo el mundo. Acá mi familia es bastante conocida, y viste cómo es la gente… prefiero que en la ciudad me conozcan por mí, no por mi apellido.
    
    —Ah, mirá vos… la señora con apellido ilustre —dije, sonriendo, divertida.
    
    —Bueno, tampoco exageres —dijo Ángela, aunque inflando el pecho de orgullo—. Pasá, dale.
    
    Caminamos por un hall con piso de mármol, cuadros antiguos y techos altísimos. Yo observaba todo con curiosidad, aunque acostumbrada a ambientes elegantes.
    
    —¿Y cómo terminaste de secretaria mía, reina? —le pregunté, mientras subíamos una imponente escalera de madera.
    
    —¡Ay, Alma! —soltó ella, divertida—. Justamente porque quería trabajar y ser independiente. Y además… ¡sos mi mejor ...
    ... amiga! El trabajo en tu estudio me encanta. Me dejás ser yo misma… y me pagás bien, maldita.
    
    —Bueno, eso sí… —dije, sonriendo—. Pero igual, ¡esto es impresionante!
    
    Ángela me abrazó otra vez.
    
    —Tranquila. Acá sos de la familia, ¿sabés? Esta es tu casa estos cuatro días.
    
    Me mostró mi cuarto: enorme, luminoso, con un ventanal que daba a un parque verde. Me senté en la cama, repasando mentalmente lo bien que Ángela había logrado combinar la comodidad de su pueblo con ciertos lujos.
    
    —Bueno, doña heredera… ¿qué me espera hoy?
    
    —¡Día de chicas! —gritó Ángela—. Y nada de maridos. Hoy somos seis: vos, yo, Sofía, Caro, Natalia y Lili. Ninguna se salva de contar algo picante… menos vos.
    
    —¡Ni lo sueñes! —protesté enseguida—. Mis secretos se vienen conmigo a la tumba.
    
    Ángela se cruzó de brazos.
    
    —Ya veremos, Alma… ya veremos…
    
    La noche de chicas arrancó en el quincho con risas, música, luces tenues y vasos que no paraban de llenarse. Había una mesa larga rebalsando de picadas, champagne, vino rosado y un licor de frutas casero que hacía estragos.
    
    Estábamos las seis: Ángela, Sofía, Caro, Natalia, Lili y yo. Yo había arrancado un poco tensa, con ese aire de “yo no vine a esto”, pero entre el alcohol y el cariño de ellas, me fui soltando.
    
    —¿Y vos te acordás del tipo ese con el arito en el ombligo? —decía Lili, muerta de risa—. ¡Se lo sacó en plena previa porque decía que lo distraía! ¿Quién se distrae por su propio ombligo?
    
    —¡A mí me distrajo a mí! —saltó ...
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