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Seducida por el verdulero (2)
Fecha: 23/05/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Alma Carrizo, Fuente: CuentoRelatos
... casa. —¡Alma! Mil perdones… hoy estoy hasta las manos con los preparativos para la fiesta. Entre el catering, los músicos y los invitados… ¡me quiero matar! —Tranquila. ¿Querés que te ayude? —No, no. ¡Te vas a aburrir! Mejor andá a dar una vuelta… José te puede mostrar el pueblo. —¿José? —pregunté, tratando de sonar indiferente. —¡Sí! Él se ofreció. Es un amor. Además… no seas antipática, se nota que le gustás. —Ángela… ¡no empieces! —¡Dale, Alma! No seas amargada. Total… solo es un paseo. José me pasó a buscar en su camioneta. Venía con una remera limpia, camisa arriba, perfumado. Me costó reconocerlo sin la tierra en las uñas. —Buen día, Alma —dijo él, mirándome de arriba abajo—. Hoy estás preciosa. —Gracias… —dije, incómoda, bajando la mirada. Subí a la camioneta, intentando mantener distancia. Pero apenas arrancó, me miró con media sonrisa. —¿Sabe que la ciudad le endurece a uno el corazón? Acá la gente es distinta. Más sincera. —¿Sincera como vos? —pregunté, en tono burlón. —Yo soy sincero, Alma. Vos me gustás, ¿qué querés que haga? Suspiré. —José… no me compliques la vida. —No quiero complicarte nada —dijo, más serio de lo habitual—. Hoy solo te quiero mostrar mi pueblo. Me callé. Algo en su tono me desarmó un poco. Me llevó al río, a la plaza central, me mostró la iglesia, los puestos de artesanías. José saludaba a todo el mundo. Cada tanto me miraba de reojo. —¿Sabés lo que más me gusta de este lugar? ...
... —preguntó, mientras me acompañaba por un sendero arbolado. —¿Qué? —Que todo está lleno de secretos. Acá la gente se cree que se conoce… pero nadie sabe nada de nadie. —Eso pasa en todos lados, José. Él me miró con una seriedad que me descolocó. —No. En la ciudad, la gente es más hipócrita. Acá… cuando uno se calienta por alguien… se nota. Me quedé mirándolo, sin saber qué contestar. Él se inclinó, recogió una ramita y empezó a jugar con ella entre los dedos. —No me mires así —dije, finalmente. —¿Así cómo? —Como si estuvieras por comerme viva. Él se rio bajito. —¿Y si quisiera? —No es una buena idea —respondí, aunque la voz me salió más suave de lo que quería. Al atardecer, José me llevó de regreso a la casa. Se detuvo frente a la verja y bajó para abrirme la puerta de la camioneta. —¿La pasaste bien? —preguntó, mirándome a los ojos. —Sí… demasiado bien —admití. —Entonces… no me digas que no vale la pena arriesgarse un poquito —dijo, en voz baja. Me quedé callada, con el corazón latiéndome en la garganta. —Buenas noches, Alma —dijo finalmente, inclinándose hacia mí. Por un segundo pensé que me iba a besar. Pero solo me rozó la mejilla con sus labios, apenas un roce cálido. —Buenas noches, José… —dije, temblando un poco. Esa noche me acosté en el cuarto de invitados, con el aroma a jazmines colándose por la ventana. Me metí bajo las sábanas, con el pulso acelerado. No pasó nada. No hubo besos ni caricias. Pero me di cuenta ...