-
Seducida por el verdulero (2)
Fecha: 23/05/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Alma Carrizo, Fuente: CuentoRelatos
... Caro—. ¡Tenía el abdomen marcado como tabla de lavar! —¡Y otra cosa marcada! —agregó Sofía, con una ceja levantada. Estallamos todas en carcajadas. Yo agarré la copa y brindé: —Por los abdominales ajenos… y las malas decisiones. —¡Eso! —dijeron todas, chocando vasos. —Che, Alma —dijo Natalia, mirándome de reojo—. ¿Vos nunca hiciste una locura? Digo, así… bien caliente, bien impulsiva. —Depende qué llames “locura” —respondí, con una sonrisa ladeada. —Algo tipo… no pensarlo mucho. Dejarte llevar. Un rapidito en un ascensor, una escapada de oficina, algo así. Ángela me miraba desde su copa, sabiendo demasiado. —Vamos, Alma —dijo Lili—. Vos tenés pinta de señora elegante, pero estoy segura que por dentro sos una bomba. —Ay, chicas… no sé si quiero contar nada. No me vayan a perder el respeto —dije, en broma, cruzándome de piernas con teatralidad. —¡Demasiado tarde! —dijo Sofía—. Después de lo que contó Caro, ya no hay marcha atrás. —¡Bueno! —dije, levantando las manos—. Confieso algo si todas confiesan también. Pero confesión real, no esa pavada del chongo con arito. —¡Eh! ¡Mi chongo tenía sentimientos! —protestó Lili, entre risas. —Dale —dijo Ángela—. Empieza vos. Respiré hondo, jugueteando con mi copa. —Hubo una vez… hace un tiempo. Estaba con mi esposo, y nos invitaron a una boda en un hotel divino. Terminé llevándolo al baño del salón durante el vals y… bueno, casi nos descubren. Fue un escándalo. —¡¿En pleno vals?! ...
... —gritó Natalia. —¡Con la novia bailando al fondo y ustedes…! —Caro se tapó la boca de la risa. —Mi vestido tenía la espalda abierta —dije, sonriendo con picardía—. Y él siempre tuvo una debilidad por mi espalda. —No, no. ¡Esto se está poniendo interesante! —dijo Lili, sirviendo más licor. —¿Y ahora? —preguntó Sofía—. ¿Todavía seguís así con tu marido? Me acomodé en el sillón, pensativa. —Digamos que… hay días mejores que otros. Pero sí, todavía hay deseo. A veces se esconde, pero está. —O sea que no está muerto —dijo Caro. —No. Pero a veces está dormido. Muy dormido. Ángela me miró con una sonrisa cómplice, sin decir nada. —¿Y no pensás despertarlo un poquito? —preguntó Natalia. —Con una buena sacudida, tal vez —acotó Lili. Reímos todas. Yo también. Me sentía libre, entre mujeres que no me juzgaban. —Mirá —dije, alzando la copa—. Mientras no me despierten a mí de golpe, todo está bajo control. —¡Salud por eso! —gritaron todas. Nos quedamos ahí un rato más, hablando de exs, de deseos, de hombres que sabían y no sabían tocar, de lo que se guarda y lo que no. Fue una noche de complicidad absoluta, sin filtros ni tensiones. Yo no conté lo que realmente me hervía por dentro —ni sobre los mensajes, ni sobre José, ni sobre las noches en vela. Pero por primera vez en mucho tiempo, me sentí relajada. Liviana. Y con ganas de más. El domingo amaneció despejado y caluroso. Bajé a desayunar y encontré a Ángela corriendo por toda la ...