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Puerquita
Fecha: 25/05/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Birkin1990, Fuente: TodoRelatos
... sienes. Era libre. Era un animal. Era absurdo y sublime. Hasta que giró... Y lo vio en el marco de la puerta: Mario, con su uniforme manchado de grasa, la bolsa del supermercado aún en la mano. No había llegado a las ocho como siempre. Había vuelto temprano. "Para sorprenderte", diría después. Luisa se petrificó. Bajo la máscara, el sudor le corría por el cuello. Esperó el reproche, la burla, el asco. Pero entonces lo vio: el bulto creciendo entre sus viejos jeans, tenso, urgente. Sus ojos no mostraban risa ni horror. Mostraban hambre. —Luisa...— dijo, y su voz era un hilillo ronco. Ella respondió con un gruñido. Largo, profundo, desde el vientre. Mario dejó caer la bolsa. Un huevo se rompió en el suelo. El gruñido de Luisa no fue humano: un ¡OIIINK! húmedo, vibrante, que hizo temblar los vasos en la alacena. Mario retrocedió, fingiendo pánico. Pero sus ojos brillaban. Era el juego que nunca supieron jugar. —¡No, Puerquita! ¡Mala!— gritó, y salió corriendo. Luisa a gatas, las rodillas golpeando el suelo de madera. La máscara le reducía la visión a dos agujeros oscuros, pero olía su sudor, su miedo falso. Por el pasillo, alrededor del sofá (donde tantas noches dormitaban aburridos), hasta la cocina. Mario tropezó con la silla donde los niños hacían los deberes, cayendo contra la mesa. Fue entonces que ella saltó. Su cuerpo chocó contra el suyo, rodando en el suelo. Mario la volteó boca abajo sobre los azulejos fríos. —¡Cerda ...
... desobediente!— rugió, y el cinturón de su uniforme silbó en el aire. ¡ZAS! El cuero grasiento golpeó sus nalgas desnudas. ¡ZAS! En la espalda baja, dejando una marca roja. ¡ZAS! En los muslos, mientras ella pataleaba y reía con voz ronca, ahogada por la máscara. Cada azote era un latigazo de luz en su oscuridad. Luisa no sentía vergüenza. Sentía el calor del plástico pegado a su rostro, el ardor en la piel, las risotadas que le brotaban como si llevaran años atrapadas. "¡Oink! ¡Oink!", respondía, retando, provocando. Mario, jadeante, levantó el cinturón otra vez: —¿Qué eres?— exigió, voz rota por una excitación que le quemaba las venas. Ella arqueó la espalda, ofreciendo las nalgas marcadas: —¡Cooochiiina!— chilló, y él soltó un gemido animal. En el suelo pegajoso de la cocina, entre los restos de la cena arruinada, Puerquita y su amo se encontraron. Él no azotó por castigo, sino por verla retorcerse de placer entre cada golpe. Ella no gruñó por dolor, sino porque por fin alguien la veía: no a la madre, ni a la maestra, ni a la esposa agotada... sino al monstruo rosado y hambriento que llevaba dentro. Cuando terminaron, ella se quitó la máscara. Debajo, Luisa sonreía con lágrimas en los ojos. —¿Estás bien?— preguntó Mario, acariciando las marcas del cinturón. Ella tomó su mano y la guió entre sus piernas: húmeda, viva. —Nunca mejor... mi amo. Mario no pidió permiso. No hubo caricias preliminares, ni miradas tímidas, ni ese ritual mecánico de matrimonio ...