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Puerquita
Fecha: 25/05/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Birkin1990, Fuente: TodoRelatos
... —ahora lustrosa, casi profesional— colgaba del gancho de acero como una ofrenda sacrificial. Mario había atado sus muñecas y tobillos con correas de piel negra, uniendo las cuatro ataduras a un solo mosquetón que la suspendía boca abajo, a medio metro del suelo. Sus caderas oscilaban levemente, el sexo expuesto, las nalgas tensas. —¡Oink, Amo! ¡Suéltame!— chilló, pero la risa temblaba bajo la máscara. Mario no respondió. Se tomó su tiempo: Encendió la luz roja que bañó la habitación en un resplandor de burdel. Eligió un látigo de nueve colas del estante, pasando los dedos por las tiras de cuero. Bebió un trago de whisky barato, el fuego bajando por su garganta mientras sus ojos recorrían el cuerpo suspendido. Era su obra maestra obscena. —Calladita, jamón— murmuró, y dio el primer golpe. ¡ZAAAS! Las tiras del látigo abrazaron sus nalgas, dejando nueve líneas rosadas que brillaron bajo la luz carmesí. Luisa gritó, un sonido que comenzó como humano y terminó en ¡OIIINK-AAAAH! Mario caminó alrededor de ella, como un carnicero evaluando la pieza. —¿Sabes por qué te llamo jamón, cerda? ¡ZAAAS! Esta vez en los muslos. —¡Porque estás curada en mi deseo! ¡ZAAAS! En la espalda baja. —¡Porque eres dulce *y* salada! "¡Más, Amo, más! ¡Castiga tu jamón!" De repente, Mario dejó caer el látigo, escupió sobre la piel marcada. La saliva resbaló por sus muslos, mezclándose con el sudor. —Primero hay que sazonar... Y retomó el látigo. La sesión duró ...
... horas. Azotes, pellizcos, mordiscos que no rompían la piel pero dejaban óvalos morados. Entonces Mario ya no pudo mas, el gancho crujió bajo el vaivén violento. Luisa colgaba como un pendulo obsceno, el cuerpo brillante de sudor y saliva, cada embestida de Mario en su anillo trasero sacudiéndola en el aire. —¡Aprieta, cerda! ¡Aprieta ese culo!— rugía él, azotándole las nalgas con el látigo corto mientras la poseía. ¡CRAC! —¡OIIINK-AAAAH!— Entonces cedía. Su esfínter se abría como una flor negra, tragándolo todo: su furia, su desesperación, el plástico del vibrador que él había clavado antes en su sexo. Mario la miraba, hipnotizado: Su cerda, hecha un jamón colgante, chillando en éxtasis. Las correas mordiendo sus muñecas. El látigo en su mano, manchado de sudor. Cuando terminó la descolgó. Luisa cayó como un fardo de carne magullada sobre las pieles sintéticas. Pero no fue el final. Diez minutos. Mario se sentó en el sillón de cuero, bebiendo agua, observando cómo ella jadeaba. La máscara se había corrido, mostrando un ojo vidrioso. —¿Quieres más, Puerquita? Un gruñido fue su respuesta y volvió. Dos horas. Luisa perdió la cuenta de los orgasmos, de los gritos, de los oinks convertidos en alaridos. Se rompió cuando él le mordió la nalga, justo donde la vara del parque había dejado su cicatriz. —¡¡OIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINK!!— Fue un chillido que rasgó el ...