1. Cuando descubrí el otro lado del placer


    Fecha: 31/05/2026, Categorías: Bisexuales Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    Este relato forma parte de una serie de relatos sobre una pareja, Amparo y Roque, que mantienen una relación a tres muy feliz, con un hombre más joven, Emilio.
    
    Supongo que ya es hora de contar mi parte de esta historia. Mi nombre es Roque, tengo sesenta y ocho años, y si me hubieran dicho hace treinta años que estaría aquí, confesando cómo mi mujer y yo nos enamoramos del mismo hombre y que eso salvó nuestro matrimonio, probablemente me habría reído en su cara. Pero la vida tiene formas curiosas de sorprendernos, ¿verdad?
    
    Todo comenzó hace unos años, cuando Amparo y yo llevábamos ya más de tres décadas casados. Los chicos se habían independizado, teníamos dinero, salud y tiempo. Pero algo faltaba. Esa chispa, ese fuego que nos había mantenido unidos durante tanto tiempo, parecía haberse convertido en una brasa tibia que apenas daba calor.
    
    No me malinterpretes. Seguía queriendo a mi mujer. Seguía deseándola. Pero mi cuerpo... mi maldito cuerpo había empezado a traicionarme. Las erecciones ya no eran tan firmes, ni tan frecuentes. Y cada fracaso en la cama era como un pequeño puñal en mi orgullo.
    
    Una noche, después de otro intento fallido, me sinceré con ella.
    
    —Amparo, maña —le dije mientras nos fumábamos un cigarrillo compartido en la terraza de nuestro ático en Madrid—. Creo que necesitamos probar algo diferente.
    
    —¿A qué te refieres exactamente? —me preguntó con esa mirada suya, esa que parece leer hasta el último rincón de tu alma.
    
    —A que quizás ...
    ... podríamos... no sé, invitar a alguien más. A la cama, quiero decir.
    
    Esperaba una bofetada, un grito, lágrimas quizás. Pero Amparo, mi Amparo, simplemente continuó con sus caricias, deslizando sus dedos por mi piel con ternura mientras apoyaba su cabeza en mi hombro y me miraba con una media sonrisa.
    
    —¿Un hombre o una mujer? —preguntó con una naturalidad que me dejó sin palabras.
    
    —Yo... pues... —balbuceé como un idiota—. No lo había pensado. Supongo que una mujer, para ti, para nosotros...
    
    —¿Y si fuera un hombre? —insistió ella, sus ojos brillando con una curiosidad que nunca le había visto—. ¿Te molestaría verme con otro hombre?
    
    La pregunta me golpeó como un puñetazo en el estómago. Debería haberme molestado, ¿verdad? La idea de otro hombre tocando a mi mujer debería haberme revuelto las tripas. «¿Qué clase de hombre soy?», pensé, «¿qué marido permite que otro toque lo que es suyo?». Pero inmediatamente me avergoncé de ese pensamiento. Amparo no era una posesión. Y lo más desconcertante era que, en lugar de celos, sentí un cosquilleo extraño, una excitación inesperada que se manifestó en una erección súbita que no había experimentado en meses. «Joder, esto no es normal», me dije a mí mismo, «esto no es lo que se supone que debe sentir un hombre». Y sin embargo, ahí estaba yo, más excitado de lo que había estado en años, solo con imaginar a mi mujer con otro hombre. Y quizás, aunque entonces no me atrevía a admitirlo ni ante mí mismo, también excitado por la idea de ese ...
«1234...16»