1. Cuando descubrí el otro lado del placer


    Fecha: 31/05/2026, Categorías: Bisexuales Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    ... detrás, embistiéndola con fuerza mientras yo la besaba, arrodillado frente a ella.
    
    En un momento, sin pensarlo demasiado, extendí mi mano y acaricié la espalda del italiano. Él me miró sorprendido, pero no se apartó. Al contrario, me sonrió y siguió con lo suyo. Envalentonado, dejé que mi mano bajara hasta su culo, sintiendo cómo sus músculos se tensaban con cada embestida.
    
    —¿Te gusta lo que ves, amico? —me preguntó con ese acento suyo que hacía que hasta la pregunta más inocente sonara obscena.
    
    —Sí —admití, sorprendiéndome a mí mismo—. Me gusta mucho.
    
    —Entonces tócame más —me invitó, sin dejar de moverse dentro de Amparo, que gemía cada vez más fuerte—. Tócame donde quieras.
    
    Y lo hice. Mis manos recorrieron su cuerpo con una curiosidad casi infantil, descubriendo texturas, formas, sensaciones nuevas. Y cuando mis dedos se acercaron a su entrada, él separó ligeramente las piernas, invitándome.
    
    —Hazlo —susurró—. Mete un dedo. Quiero sentirte dentro mientras la follo a ella.
    
    Amparo yacía debajo del italiano, con las piernas abiertas y levantadas, sus tobillos cruzados sobre la espalda baja de él. Su cuerpo se agitaba rítmicamente con cada embate, haciendo que sus pechos se balancearan suavemente. Su melena blanca, normalmente tan perfectamente peinada, se extendía como un halo plateado sobre el edredón azul oscuro. Sus ojos, dilatados por el placer, permanecían fijos en mí mientras su boca, entreabierta, dejaba escapar gemidos entrecortados con cada ...
    ... embestida. El sudor perlaba su frente y su cuello, dándole un brillo casi sobrenatural bajo la tenue luz de la habitación.
    
    Cuando escuchó las palabras del italiano, su cuerpo entero se tensó. Vi cómo sus dedos se clavaban en las sábanas y cómo arqueaba la espalda, ofreciéndose aún más.
    
    —Sí, Ro... que —jadeó entre embestidas, apenas capaz de articular palabra, su voz entrecortada por el placer—. Haz... lo... Quie... ro... ve... ros.
    
    Con el corazón a mil por hora, humedecí mi dedo con saliva y lo introduje lentamente en el italiano. La sensación fue... indescriptible. Cálido, estrecho, pulsante. Y la forma en que él reaccionó, tensándose y luego relajándose, gimiendo y embistiendo a Amparo con más fuerza, me hizo sentir poderoso, deseado, vivo.
    
    Esa noche cruzamos una frontera. Los tres. Y aunque el italiano se marchó al amanecer, dejando solo su nombre y el recuerdo de una noche extraordinaria, algo había cambiado dentro de mí. Una puerta se había abierto, y ya no podía cerrarla.
    
    Después de aquello, nuestros encuentros siguieron, pero yo empecé a sentir una curiosidad creciente, una necesidad que no sabía cómo expresar. Quería más. Quería explorar. Quería saber qué se sentía al estar con un hombre, no solo como espectador o participante tangencial, sino completamente.
    
    Una tarde, mientras Amparo se iba al pueblo con nuestro hijo y nuestra nieta, decidí dar el paso. Busqué en internet, encontré una dirección. Ese mismo día tomé un AVE rumbo a Barcelona y me dirigí a ...
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