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El Crimen del Colibrí. Parte 4
Fecha: 01/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Julian Torres, Fuente: TodoRelatos
El juego de la oca es tan antiguo como antigua es ya la vieja era moderna de la industrialización. Un juego que se conoció cuando un gran duque de la Toscana quiso agasajar al rey Felipe II de España, pero que hubo que esperar hasta trescientos años más tarde para que causara furor entre las masas, las cuales la han mantenido en sus casas desde entonces. A Emma y Eric les encantaba jugar a la oca, y a Pedro no se le ocurría nada mejor con lo que mantenerlos entretenidos mientras su mujer no estaba en casa. —¡De oca a oca y tiro porque me toca! —exclamó Eric, contento con su suerte. El pequeño de la familia ya tenía diez años, cumplidos pocas semanas atrás. Era un clon de su padre en miniatura, aunque había heredado la nariz de su madre. Tenía el pelo castaño y abundante, pese a que este no bajaba de la nuca, y los ojos tan claros como el cielo en un día de verano. De constitución delgada y bastante alto para su edad, siempre llamaba la atención entres sus compañeros. Era el más risueño de todos, pero también tan travieso como un perrito de pocos meses. —¿Seguro que no has hecho trampa? —preguntó su hermana con el ceño fruncido, que no había estado prestando atención a los dados y le extrañaba que le salieran tantas ocas seguidas. Emma era una niña de once años, pero en pocos meses cumpliría por lo que se llevaba con su hermano casi dos años. Como toda hermana mayor había tenido que ser más responsable que Eric, pero era tan halagüeña como él y, muchas veces, igual ...
... de pícara. Tenía el pelo muy rubio, como su madre, así como sus labios y sus ojos, pero el rostro alargado era paterno. Los dos hermanos vestían con el uniforme del colegio, de color azul oscuro y blanco. Así como suéteres negros de cuello alto. —Siempre que te gano dices lo mismo —se quejó Eric. —Venga, dejadlo ya —atajó Pedro, que no quería que sus hijos volvieran a discutir —. Te toca otra vez, Eric. El niño sujetó los dos dados con las dos manos y los zarandeó durante un buen rato. Tanto que su hermana comenzó a impacientarse. —¿Quieres tirar de una vez? Acto seguido Eric los lanzó y salió un cuatro y un seis, moviéndose diez casillas de golpe y evitando por poco el laberinto. Una casilla que haría perder valiosos turnos al muchacho. —¡Toma ya! —exclamó con júbilo el niño. Junto al regocijo del muchacho se sucedió un rítmico golpeteo fuerte e insistente en la pared. Parecía como si estuvieran machacando con un ariete los muros del dormitorio principal. Un gimoteo y jadeos distorsionados lo acompañaban, dejando claro la naturaleza sexual del ruido. Pedro apretó la mandíbula, hastiado de ese comportamiento impúdico. —¿Otra vez? —alegó Emma consternada. La niña se sonrojó y el padre bebió de su vaso de agua mientras contaba hasta diez para no gritarle al vecino y llamarlo de todo. —Venga, me toca —dijo finalmente Pedro en un tono serio para desviar la atención de nuevo al juego pese a los sonidos sexuales. —Tú estás en la posada —le acusó ...